El Bautismo, Sacramento de Vida Nueva
Por Padre Lorenzo Ato En las clases de mi formación sacerdotal, tuve la suerte de tener como maestro a uno de nuestros celebres maestros, al Obispo Hugo Garaycoa. Siempre llegaba con sus preguntas capciosas. Estaba impartiendo las clases de los Sacramentos, el Sacramento del Bautismo. El maestro hizo la pregunta para todos. Supóngase que Usted va conduciendo por el desierto, también va un padre y su hijo al que muy pronto va a bautizar, el niño cae en enfermedad de muerte y su vida peligra. El padre se desespera y tiene miedo de no bautizarlo. ¿Qué haría Usted en ese momento? Siempre estaba con el oído afinado a responder sus preguntas y sin temor levante la mano como en otras oportunidades y le dije: Señor Obispo, detendría el jeep y sacaría el agua del radiador, y lo bautizaría para tranquilidad del padre y de todos. Otra posibilidad puede ser, comunicarle el bautizo de deseo, en el caso de peligro de muerte. El bautismo de deseo es hacer lo que la Iglesia hace. En caso de emergencia y no habiendo agua, existe el bautismo de deseo, que se realiza en la fe del padre, de la comunidad y de hacer lo que la Iglesia hace. A esta inquietante respuesta, la hermanos separados dirán, que no es necesario bautizar a los niños, sino hasta cuando son adultos. En vida y en la conciencia de la Iglesia, desde su nacimiento, tenemos el testimonio que los niños de los cristianos se bautizaban desde que eran niños. En las catacumbas de Roma, a la que muchas veces he visitado, allí yacen enterrados los primeros cristianos, podemos leer sobre las tumbas de los niños fallecidos. En muchas de ellas dice: "Aquí descansa Arquilla, recién bautizada: tenia un año y cinco meses cuando falleció el 23 de febrero." Aquí esta puesta Veneriosa, recién bautizada, que vivió seis años, finó el 8 de agosto, corría el año 151. A Domisio inocente, recién bautizado, que vivió seis años, finó el año 152. Ya Orígenes, en el siglo III, en sus comentarios a la carta de San Pablo a los Romanos, escribe: "La Iglesia ha recibido de los Apóstoles, la tradición de bautizar a los niños." En una tarde de junio, en una de las peregrinaciones, siguiendo los pasos de San Pablo, llegamos a la ciudad de Filipos. Es una ciudad que colinda con Europa. Allí hay un pequeñito río. Allí estábamos un grupo de sacerdotes acompañados por el Obispo Sheridan. Celebramos la misa junto al rió de Filipos y trajimos a nuestra memoria el recuerdo de Lidia, la primera mujer de Europa que recibió el bautismo, no solo ella se bautiza, sino también todos lo de su casa, incluyendo los niños. Lidia, y los de su casa fueron bautizados, suplico: "Si juzgáis que soy fiel del Señor, venid y hospedaos en mi casa." Y nos obligó a ir (Hech 16: 15). La fe entra a Europa a través de Lidia, una creyente recién bautizada con toda su familia. Mientras los Apóstoles iban predicando la Palabra de salvación, los creyentes, cada vez en mayor número se adherían al Señor, una multitud de hombres y mujeres (Hech 5:14) lo hacían arrepintiéndose de sus pecados y recibiendo el bautismo, signo de la nueva vida en Dios. El bautizo de los niños como de los adultos nos hace aptos para la gracia de Dios. No tiene nada que ver nada con nuestra voluntad, la cual se manifiesta en el Sacramento de la Confirmación. En cierta ocasión, en la radio, recibí una llamada y se me preguntó, de porqué, nosotros los católicos bautizamos a los niños. Le pregunte que hacía cuando un niño esta enfermo, si era necesario el rezar ó no. El oyente del programa, me respondió que si era necesario orar por el niño. Bueno, Señor, le dije: si es necesario orar por el niño y no tiene capacidad de entender lo de la oración, del mismo modo es como actúa el bautismo en el niño, Dios le da su gracia y su amor, le hace su hijo. En el bautismo no participa nuestro entendimiento, la gracia que recibimos en el bautismo, es un don gratuito de Dios, como lo afirma San Pablo a los Romanos capítulo 6, quedamos injertados en Cristo, para tener vida en Él. No bautizar a los niños cuanto antes es una falta de atención a los dones de Dios. Por el bautismo, nos acercamos a Jesús (Ga 3, 27). Dejad que los niños se acerquen a mí, no se los impidáis; porque de los tales como ellos, es el reino de los cielos (Mt 19, 14). El niño tiene derecho de ser revestido por Cristo (Ga 3, 27). Jesús, al recibir el bautismo, es muy diferente al nuestro. En él no había pecado, era el hombre más puro y santo. No necesitaba ser bautizado, lo hizo para solidarizarse con nosotros y enseñarnos de cómo deberíamos conducirnos, a través del bautizo para llegar a él. El bautismo de Juan a Jesús adulto, no estaba ejerciendo el sacramento del bautismo. Por eso es que los que recibieron "el bautismo de Juan" tuvieron que ser bautizados nuevamente (Hech 19, 1-7). Cristo mismo se aseguro ante sus discípulos, a quienes los envía a bautizar a todas las gentes en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19; Mc 16, 15-16). Bautismo, el don más bello, nos hace hijos de Dios. Lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. (S. Gregorio Nacianceno). Por el bautismo, Dios se hace visible en la persona que lo recibe. Continuación del misterio de la Encarnación. La gloria de Cristo se prolonga en cada bautizado. Lo que era visible en Cristo, decía San León Magno, ha pasado a los sacramentos de la Iglesia, que es visible. Sacramento por excelencia que nos abre las puertas a la gracia del Dios vivo que actúa en cada hombre o mujer, niño ó niña que recibe la nueva vida y la capacidad de ser hijos de Dios, nueva creación, templo del Dios vivo.
Nueva York Católica en línea - enero 18, 2007