Si Escuchas Su Voz

‘¡Ay del que Escandalice!’

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Escandalizar”, en un contexto religioso, significa literalmente poner tropiezos, obstaculizar el camino de alguien para encontrarse con Cristo, desviarlo o hacerlo tambalear en su fe, generarle desaliento o crisis de fe; tales acciones son, sin duda, promovidas por el maligno, y quienes las ejecutan se convierten en instrumentos del mal. Como hemos señalado en nuestra columna anterior, una de las cosas que produce más escándalo entre los fieles son los graves pecados o delitos de sus autoridades religiosas, sobre todo en los casos de abusos sexuales en agravio de menores cometidos por personas consagradas; nos referimos, desde luego, a los casos comprobados. Estamos llamados a predicar con el ejemplo, sobre todo las autoridades religiosas. El papa Francisco ha tenido que pedir perdón públicamente por aquellos que cometieron tan execrables hechos, los mismos que han producido escándalo entre muchos creyentes y no creyentes, sobre todo en los agraviados, quien difícilmente podrán recuperar la confianza en sus pastores.

El papa Francisco ha tenido que tomar una postura firme y decidida a fin de erradicar definitivamente de la Iglesia todo hecho relacionado con los abusos sexuales a menores cometidos por clérigos y personas consagradas. El 27 de septiembre de 2018 separó definitivamente del estado clerical al sacerdote chileno Fernando Karadima, personaje acusado de graves abusos sexuales y que ha sido motivo de una gran controversia y causado tanto escándalo. La crisis por los abusos cometidos por sacerdotes y religiosos en ese país, la falta de reacción oportuna de los obispos, las acciones de encubrimiento, conllevó a un hecho inédito en el episcopado de ese país: la renuncia de todos los obispos el 18 de mayo de 2018. El papa Francisco aceptó la renuncia de algunos de ellos.

La decisión tomada por el Papa, en el caso Karadima, es un claro mensaje para indicar que la Iglesia no está dispuesta a proteger o tolerar a ningún sacerdote o consagrado que incurra en esos delitos. La justicia chilena no alcanzó a este personaje, escapando de ir a prisión, por cuanto los delitos cometidos ya habían prescrito por el tiempo. La avanzada edad de este sacerdote (88 años) no ha impedido que la Iglesia, con la autoridad del santo Padre, le aplique la sanción de expulsión del estado clerical. No cabe duda que Karadima es un claro ejemplo de grave escándalo para la Iglesia, sobre todo para los fieles sencillos cuya fe se siente tambalear al observar esos malos testimonios de vida. Karadima ya había sido sancionado canónicamente en el año 2011, disponiéndose que no tome contacto con sus antiguos feligreses, prohibiéndosele ejercer públicamente su ministerio y que lleve una “vida de penitencia y oración”. Ese tipo de sanciones han sido frecuentes en la Iglesia, y se aplicaron para casos parecidos, pero resultan totalmente insuficientes. Por tratarse de delitos, quienes incurren en esas acciones deben ser puestos a disposición de la justicia del país respectivo. En todos esos casos, en una política de tolerancia cero, debería expulsárseles del estado clerical, como acertadamente lo ha hecho el papa Francisco en el caso Karadima.

No debe confundirse el “pecado” con el “delito”, la “misericordia” con el deber de la justicia. El abuso sexual a menores es un gravísimo pecado y, a la vez, grave delito sancionado por las legislaciones penales de todos los Estados. No puede ser una sanción razonable canónicamente, para un clérigo abusador sexual de menores, el imponerle solamente que no ejerza públicamente su ministerio y que lleve “una vida de penitencia y oración”. Todos, como simples creyentes cristianos, estamos llamados a llevar una “vida de penitencia y oración”, lo cual no debe ser considerado como una “sanción”. El deber de justicia exige la reparación a las víctimas, la sanción penal para los que cometen el delito, independientemente de su condición religiosa. El daño causado por los abusadores sexuales es imponderable, no sólo en las víctimas directas sino en toda la Iglesia que ve mellada su credibilidad. La caridad y la misericordia para con el pecador no puede ser utilizado como recurso para evadir la justicia por parte de los abusadores sexuales que pervirtieron su vocación y no evidenciaron ningún propósito de enmienda.

En el Evangelio (Cf., Mc 9, 42-48) se nos habla del tema del ‘escándalo’. “¡Ay del que escandalice a uno de estos más pequeños!”. ¿Quiénes son esos pequeños? No son, desde luego, únicamente los niños de los que hablaba el pasaje de Mc 9, 37; son también los más débiles y frágiles, los más humildes y sencillos, los más pobres. Poner en riesgo la fe de los más frágiles no se hace solo con afirmaciones doctrinales cuestionables, sino sobre todo con actitudes o modos de vida contrarios al Evangelio. Escandaliza el que profesándose creyente asume actitudes injustas, actitudes contrarias a la ética (también a la ética social) y, en general, a su condición de creyente.

Jesús, después de prevenir contra el escándalo que se puede producir en los otros, también nos pone en guardia contra el escándalo que nace en nosotros mismos. No se trata de tentaciones específicas, expresadas de modo simbólico con aquellas frases: “si tu mano te hace caer córtatela… si tu pie te hace caer córtatelo, si tu ojo te hace caer sácatelo…”, de lo que Jesús nos quiere hablar es de la posibilidad de la caída del hombre, de la inclinación hacia el mal propio de la condición humana pecadora. Jesús pone de relieve la radicalidad de la salvación eterna, que lo más importante es alcanzar la salvación, y que por ello el hombre deber ser capaz de los mayores sacrificios, de las mayores renuncias, pues como dice en otro pasaje del Evangelio “¿De qué le vale al hombre ganar el mundo entero si al final se pierde?” (Mc 8, 36), es decir, pierde lo más valioso, la vida eterna. Ese es el sentido de esas frases: “más te vale entrar manco, cojo o tuerto al reino de los cielos a que ser arrojado íntegro al fuego eterno” (Cf., Mc 9, 43-47). No es una exhortación para mutilar nuestro cuerpo ante las tentaciones, sino a cortar nuestros afectos desordenados, nuestras malas inclinaciones y todo aquello que pueda separarnos del amor de Dios.

Hay que insistir en que se escandaliza, sobre todo, con un modo de vida contrario al Evangelio. Cualquiera de nosotros puede ser motivo de escándalo para otros. Por otra parte, el escándalo no puede reducirse al tema de los abusos sexuales a menores, hay un tipo de escándalo que muchas veces no se lo toma suficientemente en cuenta: La injusticia en aquellos que se profesan creyentes, el escándalo producido por aquellos que, por su desenfrenado afán de lucro, atropellan los derechos de los más pobres. Si bien es cierto que no pretendemos una “iglesia de los puros”, eso no implica que debamos tener actitudes condescendientes contra los abusadores de cualquier tipo.

No obstante lo dicho anteriormente no debemos caer en distorsiones de la realidad. Así como hay quienes son motivo de escándalo, hay muchos más que con su entrega generosa son modelos a imitar. En la Iglesia es mayor la luz que la oscuridad, la gracia que el pecado.





'Woe to the One Who Causes Scandal!'

By FATHER LORENZO ATO

"Scandalizing," in a religious context, literally means being a stumbling block, hindering someone's way to meet Christ, diverting him or making him stagger in his faith, generating discouragement or a crisis of faith. Such actions are undoubtedly promoted by the evil one, and those who execute them become instruments of evil. As we have pointed out in the previous column, one of the things that produces the most scandal among the faithful is the grave sins or crimes of their religious authorities, especially in cases of sexual abuse of minors committed by consecrated persons. We refer, of course, to the proven cases. We, especially religious authorities, are called to lead by example. Pope Francis has had to publicly apologize for those who committed such despicable acts, the same ones who have caused scandal among many believers and non-believers, especially in the victims themselves, who can hardly regain trust in their pastors.

Pope Francis has had to take a firm and determined stance to definitively eradicate from the Church all acts related to the sexual abuse of minors committed by clerics and consecrated persons. On Sept. 27, the Chilean priest, Fernando Karadima, was definitively separated from the clerical state. He is accused of serious sexual abuse and has caused much controversy and caused so much scandal. The crisis over the abuses committed by priests and religious in that country, the lack of timely reaction of the bishops, the actions of concealment, led to an unprecedented event in the episcopate of that country: the resignation of all bishops on May 18. Pope Francis accepted the resignation of some of them.

The decision made by the Pope, in the Karadima case, is a clear message to indicate that the Church is not willing to protect or tolerate any priest or consecrated person who is involved in those crimes. Chilean justice did not reach this person; he escaped going to prison because the crimes committed had already been prescribed by time. The advanced age of this priest (88 years) did not prevent the Church, with the authority of the Holy Father, from applying the sanction of expulsion from the clerical state. There is no doubt that Karadima is a clear example of grave scandal for the Church, especially for the simple faithful whose faith feels shaken when observing those bad testimonies of life. Karadima had already been canonically sanctioned in 2011, providing that he not make contact with his former parishioners, forbidding him to publicly exercise his ministry and to lead a "life of penance and prayer." Such sanctions have been frequent in the Church, and were applied for similar cases, but they are totally insufficient. Because they are crimes, those who commit these actions must be placed at the disposal of the justice of the respective country. In all these cases, in a policy of zero tolerance, they should be expelled from the clerical state, as Pope Francis has rightly done in the Karadima case.

Do not confuse "sin" with "crime," "mercy" with the duty of justice. The sexual abuse of minors is a very serious sin and, at the same time, a serious crime sanctioned by the criminal laws of all States. It cannot be a canonically reasonable sanction for a clerical sexual abuser of minors to impose only that he not publicly exercise his ministry and that he lead "a life of penance and prayer." We all, as simple Christian believers, are called to lead a "life of penance and prayer," which should not be considered a "sanction." The duty of justice demands reparation to the victims, the penal sanction for those who commit the crime, regardless of their religious condition. The damage caused by sexual abusers is imponderable, not only on the direct victims but on the whole Church that sees its credibility undermined. Charity and mercy toward the sinner cannot be used as a resource to evade justice on the part of sexual abusers who perverted their vocation and showed no purpose of amendment.

In the Gospel (Cf., Mk 9, 42-48) we are told about the topic of scandal. "Woe to the one who scandalized one of these little ones!" Who are those little ones? They are not, of course, only the children mentioned in the passage in Mk 9, 37; they are also the weakest and most fragile, the humblest and simplest, the poorest. Putting the faith of the most fragile at risk is not only done with questionable doctrinal statements, but above all with attitudes or ways of life contrary to the Gospel. The person who professes to be a believing Christian scandalizes if he assumes unjust attitudes, attitudes contrary to ethics (including social ethics) and, in general, attitudes contrary to his condition as a believer.

Jesus, after warning against the scandal that can occur in others, also warns us against the scandal that is born in ourselves. These are not specific temptations, expressed in a symbolic way with those phrases: "If your hand causes you to fall, cut it off...if your foot makes you fall, cut it off, if your eye makes you fall, take it off..." Jesus wants to talk about the possibility of the fall of man, of the inclination towards the evil proper to the sinful human condition. Jesus emphasizes the radical nature of eternal salvation, that the most important thing is to attain salvation, and that, therefore, man must be capable of the greatest sacrifices, of the greatest renunciations, because as he says in another passage of the Gospel, "What good is it for a man to gain the whole world if in the end he loses himself?" (Mk 8:36), that is, he loses the most valuable, the eternal life. That is the meaning of those phrases: "Better for you to enter one-armed, lame or one-eyed into the kingdom of heaven than to be thrown whole into the eternal fire" (Cf., Mk 9, 43-47). It is not an exhortation to mutilate our body in the face of temptation, but to cut our disordered affections, our bad inclinations and everything that can separate us from the love of God.

We must insist that scandal is given, above all, by a way of life contrary to the Gospel. Any of us can be a scandal to others. On the other hand, the scandal cannot be reduced to the issue of sexual abuse of minors. There is a kind of scandal that often is not taken sufficiently into account-injustice on the part of those who profess to be believers: the scandal produced by those who, because of their unbridled desire for profit, run over the rights of the poorest. While it is true that we do not expect a "Church of the pure," that does not mean that we should have condescending attitudes against abusers of any kind.

Notwithstanding the foregoing, we must not fall into distortions of reality. Just as there are those who are scandalous, there are many more who with their generous dedication are models to imitate. In the Church, light is greater than darkness, grace is greater than sin.

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