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En Nazaret Jesús ‘No Pudo Hacer Milagros’

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Los Evangelios no dicen casi nada de la vida de Jesús durante su infancia, adolescencia y parte de su juventud en Nazaret, lugar donde vivió. Después de aquel episodio del niño Jesús perdido y hallado en el templo (Cf., Lc 2, 41-50), regresó con sus padres a Nazaret y vivió con ellos hasta el comienzo de su ministerio público, el cual duró apenas unos tres años. Al parecer, durante su vida oculta en Nazaret, Jesús no hizo nada extraordinario que llamase poderosamente la atención de sus paisanos. Sus vecinos le vieron crecer, trabajar; para ellos Jesús era simplemente “el hijo de un carpintero llamado José”.

Los evangelios sinópticos nos relatan un pasaje de la visita de Jesús a Nazaret, lugar donde había vivido durante casi toda su vida, (Cf., Mc 6, 1-6; Mt 13, 53-58; Lc 4, 16-30). Jesús, después de su Bautismo, y del tiempo de prueba en el desierto durante “cuarenta días”, inició su predicación en Galilea proclamando la llegada del Reino de Dios, realizando una serie de signos que suscitaron la admiración de la gente: sanaba a los enfermos de todo tipo de dolencias, expulsaba a los espíritus inmundos, etc.

Durante su ministerio público Jesús fue a Nazaret. El relato de Marcos dice que “cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: ¿De dónde le viene esto? y ¿Qué sabiduría es esta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos? ¿No es este el carpintero?” (Mc 6, 1-3). El relato continúa diciendo que sus paisanos estaban asombrados y escandalizados; en otras palabras: no creían en Él. Jesús, les recordó aquél proverbio: “Nadie es profeta en su tierra”; y, como relata el mismo Evangelista: “No podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos. Y se maravilló de su falta de fe” (Mc 6, 5-6). En el relato del Evangelista Lucas, la escena termina de una manera violenta. Jesús, luego de leer en la Sinagoga un pasaje del libro de Isaías (Is 61, 1-2), dijo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír” (Lc 4, 21); igualmente, san Lucas relata el asombro y la incredulidad del auditorio. Jesús, citando algunos ejemplos del Antiguo Testamento, les enrostra su falta de fe; es entonces que “todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, lo arrojaron fuera de la ciudad” (Lc 4, 28-29). Jesús tuvo que escabullirle para no ser linchado por la turba.

Retomemos el relato del Evangelio de Marcos, allí se nos dice que la gente de Nazaret se preguntaba “¿De dónde saca Jesús esa sabiduría y esos milagros?” Con esa pregunta reconocen implícitamente estar delante de alguien excepcional o de algo misterioso, pero sus prejuicios no les permiten descubrir la respuesta correcta: Jesús es el Hijo de Dios. Los prejuicios de aquella gente les induce a dar una respuesta errónea, que es expresión de su incapacidad para descubrir la presencia de Dios en medio de ellos. Aquella gente, cegada por sus prejuicios escogió la salida más fácil: descalificar a Jesús. Según ellos ¿Qué se puede esperar del hijo de un carpintero? ¿Qué de bueno o excepcional se puede esperar de alguien de nuestro pueblo, de alguien como nosotros? Ese era el modo de pensar de aquella gente, y con ello se descalificaban a sí mismos dejando pasar la oportunidad de un verdadero encuentro con el Señor.

Ellos creían conocer a Jesús, pero en realidad no lo conocían. Jesús no actuaba como ellos esperaban, según sus propios esquemas. Aquellos habitantes de Nazaret se habían planteado una pregunta precisa ¿Quién es Jesús?, pero fueron incapaces de encontrar la respuesta correcta. Jesús, nos dice el Evangelio, se extrañó de su falta de fe, de su incredulidad. Fue justamente esa incredulidad la que no les permitía descubrir el verdadero rostro de Jesús, la manifestación de Dios en lo cotidiano. Aquella gente partía del prejuicio de que ninguno de los suyos podía obrar de modo extraordinario. Es posible que también eran movidos por una secreta envidia que generaba la desconfianza y el rechazo. El Evangelio nos dice que Jesús no pudo hacer allí ningún milagro; obviamente esa imposibilidad es producida por la falta de fe de la gente, pues los milagros suceden en un contexto de fe, y solo desde la fe podemos considerar un hecho o acontecimiento como milagroso, como resultado de una intervención divina.

Aquel incidente que nos narra el Evangelio también podría sucedernos a nosotros. Hay gente que adopta posturas muy similares a aquellos hombres de Nazaret. Sus prejuicios no les permiten ver la realidad de modo objetivo, con facilidad se busca descalificar a los otros por envidia, celo, incapacidad. Hay gente que sufre con los éxitos y el triunfo de los otros, sobre todo si son sus paisanos, gente que es incapaz de reconocer los valores de los otros, con complejos de inferioridad que no le permiten valorar lo suyo sino lo ajeno. Los prejuicios deforman la realidad y constituyen un tipo de ceguera difícil de superar.

En el ámbito de la fe se requiere de una actitud humilde para descubrir la presencia del Señor que nos sale al encuentro en el camino de la vida, a través de lo cotidiano, de lo que no puede llamar la atención. Dios se revela a los humildes y sencillos, ocultando su rostro a los soberbios, a los que se creen sabios y autosuficientes (Cf., Mt 11, 25). El hombre de nuestro tiempo no debe esperar milagros para creer, sino que, por el contrario, debe tener fe para poder descubrir los signos de la actuación de Dios.

En Nazaret Jesús “no pudo hacer milagros” porque a la gente le faltaba fe, por su ceguera espiritual; tampoco Jesús “hará milagros en nuestra vida” si permanecemos en la incredulidad. El hombre que tiene fe, en cambio, percibirá que su vida está llena de signos reveladores de la presencia del Señor. En sentido estricto, no es que Jesús “no pudo hacer milagros” en Nazaret, sino que no pudo contra la incredulidad de sus paisanos, pues si bien es cierto que la fe es un “don de Dios”, también es cierto que es respuesta libre del hombre a ese gracia que lo mueve a creer. Nadie se convierte si no es movido por el Espíritu Santo; pero, la gracia no anula el libre albedrío del hombre: siempre cabe la posibilidad real de negarnos a creer, de rechazar a Dios en nuestras vidas. La obstinación en la incredulidad es el pecado contra el Espíritu Santo.

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