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Gracia y Mérito

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Padre Lorenzo Ato Photo

La Iglesia siembre ha enseñado que la salvación es una gracia absolutamente gratuita. En virtud de los méritos del sacrificio redentor de Cristo obrado en la cruz, somos justificados en el Bautismo, sacramento que requiere de la fe: “El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea, se condenará” (Mc 16, 16). Somos salvados por la fe y no por las obras (Cf., Ef 2, 8-9), la fe misma es un don de Dios; pero, también nos enseña que una fe sin obras está muerta (St 2, 14ss), de allí la exigencia para el cristiano de realizar las buenas obras.

El hombre ha sido creado libre, pero no puede hacer ninguna obra buena sin la gracia de Dios, como dice el Evangelio: “Separados de mí ustedes no pueden hacer nada” (Jn 15, 5). Alguno se preguntará: si el hombre no puede hacer nada bueno sin la gracia de Dios, entonces ¿todas la obras buenas que haga son mérito exclusivo de Dios que no puede atribuirse al hombre?, o dicho de otro modo ¿Hay algún mérito y recompensa merecida para el hombre por las “buenas obras” que hace? San Agustín decía que es la gracia de Dios la que causa el mérito en nosotros.

En el II Concilio de Orange (529), nos enseña que: “se debe recompensa por la buenas obras, si se hacen; pero, la gracia, que no se debe, precede para que se hagan” (Canon 20, contra los semipelagianos). Es Dios, a través del Espíritu Santo quien, antes de todo merecimiento del hombre, le inspira la fe y el amor para que se convierta y reciba el bautismo, luego lo sostiene con su gracia para que pueda perseverar hasta el final de su vida. El Concilio de Trento (1547) nos enseña que sin la inspiración del Espíritu Santo el hombre no puede creer, esperar, amar y arrepentirse como conviene para que se le conceda la gracia de la justificación (Cf., Canon 3, Decreto sobre la justificación). ¿Cómo entonces hay que entender la retribución debida al hombre por sus “buenas obras” sin caer en el semipelagianismo?

En una entrevista, hecha por Juan Luis Vásquez, al dominico Chus Villarroel (para la revista Alfa y Omega. Semanario católico de información, Madrid, abril 2018. http://www.alfayomega.es/56640), señala: “Hoy la mayoría de la gente es semipelagiana, y yo mismo he sido semipelagiano hasta hace nada. Todos somos semipelagianos de alguna manera. Pensamos que a Dios le pedimos la gracia para hacer, para que haga ‘yo’ las obras que ‘yo’ tengo que hacer, con lo cual ya eres tú el que te salvas, ayudado por la gracia, pero eres tú el protagonista, el que te ganas tu salvación”. Estamos de acuerdo en que nadie se “gana su salvación”, porque esta es siempre don de Dios; sin embargo, no pensamos que la mayoría de la gente sea semipelagiana, y es contrario a la fe afirmar que el hombre asume un rol meramente pasivo en orden a su salvación. Hay que evitar el riesgo de una auto justificación de la asedia espiritual bajo el pretexto de que “todo depende de Dios”, y que nada hay que yo pueda hacer; eso conllevaría a no querer asumir ninguna responsabilidad por nuestras malas acciones, aduciendo que “no tuve la gracia suficiente o eficaz” para evitar el pecado. Como Pablo, los católicos decimos: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4, 13).

Frente al riesgo de un semipelagianismo, también hay que estar en guardia frente a ciertas tendencias “semijansenistas” o “semiprotestantes” (afines al Calvinismo) que, de algún modo, podrían introducirse en algunos ámbitos de la Iglesia. Debemos atenernos a la doctrina enseñada en el Concilio de Trento y en diversos documentos del magisterio ordinario de la Iglesia. Aplicando el “a contrario sensu”, es decir, afirmando lo contrario a lo que ha sido condenado en los “Cánones sobre la justificación” del Concilio de Trento, los católicos creemos que: Los justos “deben aguardar y esperar la eterna retribución de parte de Dios por su misericordia y los méritos de Jesucristo como recompensa de las buenas obras que fueron hechas en Dios, si perseveraren hasta el final obrando bien y guardando los divinos mandamientos” (Cf., Canon, 26.

Cánones sobre la justificación). Las buenas obras del hombre justificado, de tal manera son dones de Dios y también buenos merecimientos del mismo justificado. El justificado, por las buenas obras que hace en Dios y el mérito de Jesucristo, de quien es miembro vivo, merece verdaderamente el aumento de gracia (Cf., Cano 32. Cánones sobre la justificación). La justicia recibida se puede conservar, y también aumentar delante de Dios “por medio de las buenas obras” (Cf., Canon 24. Cánones sobre la justificación).

El Catecismo de la Iglesia, con respecto al “mérito”, nos dice: “El mérito corresponde a la virtud de la justicia conforme al principio de igualdad que la rige” (Catecismo, N° 2006). Ahora bien, “frente a Dios no hay, en sentido de un derecho estricto, mérito por parte del hombre. Entre Él y nosotros, la desigualdad no tiene medida, porque nosotros lo hemos recibido todo de Él, nuestro creador” (Catecismo, N.° 2007). ¿En qué sentido, entonces, las obras del hombre justificado constituyen un mérito para él? El Catecismo nos enseña que “el mérito del hombre ante Dios en la vida cristiana proviene de que Dios ha dispuesto libremente asociar al hombre a la obra de su gracia. La acción paternal de Dios es lo primero, en cuanto que Él impulsa, y el libre obrar del hombre es lo segundo, en cuanto que este colabora, de suerte que el mérito de las obras buenas pueden atribuirse a la gracia de Dios en primer lugar, y al fiel seguidamente” (Catecismo, N.° 2008).

En la realización de las obras buenas confluyen la gracia de Dios y el actuar libre del hombre (no es un ser meramente pasivo a la gracia), sin oposición, sino más bien por lo que llamaríamos una “asunción” de las obras del justificado en la obra de Dios, donde Dios siempre tiene la iniciativa. Dios ha querido asociar los “méritos del hombre” a su méritos, por ello afirmamos que los méritos, en sentido estricto, son de Dios primariamente, sólo secundariamente son “méritos del hombre”. “La adopción filial, haciéndonos partícipes por la gracia de la naturaleza divina, puede conferirnos, según la justicia gratuita de Dios, un verdadero mérito. Se trata de un derecho por gracia, el pleno derecho del amor, que nos hace ‘coherederos’ de Cristo y dignos de obtener la herencia prometida de la vida eterna...Los méritos de nuestras buenas obras son dones de la bondad divina” (Catecismo, N.° 2009). Podemos hablar de los méritos de nuestras buenas obras, pero siempre entendiendo que “la caridad de Cristo es en nosotros la fuente de todos nuestros méritos ante Dios.

La gracia, uniéndonos a Cristo con un amor activo, asegura el carácter sobrenatural de nuestros actos y, por consiguiente, su mérito tanto ante Dios como ante los hombres. Los santos han tenido siempre una conciencia viva de que sus méritos eran pura gracia” (Catecismo, N.° 2011). Los santos tenían la firma convicción, no por una falsa humildad, que sus buenas obras eran siempre “obra de Dios”.

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