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La Política al Servicio de la Paz

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El papa Francisco, en su mensaje para la celebración de la 52 Jornada Mundial de la paz, del 1 de enero de 2019, como en otras tantas ocasiones, ha vuelto a incidir en la necesidad de trabajar por la paz, en la búsqueda del bien común, donde se respeten los derechos fundamentales de las personas, y donde la política no sea un instrumento de división sino que contribuya real y efectivamente a la construcción de la paz. ¿Cómo hay que entender la política al servicio de la paz?

La finalidad de la política es la búsqueda del bien común, entendido este como el conjunto de bienes al servicio de la comunidad (pueblo o nación), estos bienes pueden ser materiales (alimentación, salud, vivienda digna, etc.), como inmateriales o espirituales (libertad religiosa, derechos humanos fundamentales debidamente garantizados, entre otros). El bien común está asociado al logro del mayor bienestar de la comunidad, el beneficio de todos los ciudadanos; el bien común debe prevalecer sobre el interés particular. La injusta distribución de los bienes es una fuente permanente de conflictos. De ahí que la paz esté asociada a la justicia: sin justicia no puede haber verdadera paz. La política—dice el papa Francisco —“es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre, pero cuando aquellos que se dedican a ella no la viven como un servicio a la comunidad humana, puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso de destrucción” (Mensaje del Santo Padre Francisco para la celebración de la 52 Jornada Mundial de la Paz. Vaticano, 8 de diciembre de 2018).

La paz, obviamente, no puede reducirse a la mera ausencia de la guerra, a un equilibrio estratégico de fuerzas entre países potencialmente beligerantes. “La paz jamás puede reducirse al simple equilibrio de la fuerza y el miedo. Mantener a otro bajo amenaza significa reducirlo al estado de objeto y negarle la dignidad. Es la razón por la que reafirmamos que el incremento de la intimidación, así como la proliferación incontrolada de las armas son contrarios a la moral y a la búsqueda de una verdadera concordia” (52 Jornada Mundial de la Paz, 2019). A nivel mundial constatamos que los líderes de las grandes potencias, no han renunciado al recurso de la guerra, siguen preparándose para ella, creando sofisticadas armas de destrucción. El mundo no ha aprendido las lecciones de las dos trágicas guerras mundiales en las que perecieron millones de seres humanos y se cometieron las más grandes atrocidades. En varios lugares del mundo se vive actualmente situaciones de guerra, conflictos bélicos focalizados, generalmente con la anuencia de países poderosos en términos económicos y de tecnología militar. La guerra, como bien decía el filósofo de origen judío Emmanuel Levinas, es la suspensión de la moral, la hace inoperante. El origen de la guerra está en la “negación del otro”, en no reconocerlo como hermano, en darle la categoría de “enemigo” a quien hay que eliminar. De ahí que el papa Francisco insista en el tema de la fraternidad como fundamento y camino para lograr la paz. En el Evangelio Jesús nos dice: “Todos ustedes son hermanos” (Mt 23, 8). Reconocernos como hermanos es aceptar la paternidad de Dios (somos sus hijos adoptivos).

El papa Francisco nos dice: “Dar la paz está en el centro de la misión de los discípulos de Cristo” (52 Jornada Mundial de la Paz, 2019). El cristiano, desde luego, no reduce el ámbito de la paz a la acción política. “La paz, en efecto, es fruto de un gran proyecto político que se funda en la responsabilidad recíproca y la interdependencia de los seres humanos, pero es también un desafío que exige ser acogido día tras día. La paz es una conversión del corazón y del alma” (52 Jornada Mundial de la Paz). Esa paz interior y comunitaria —dice el papa Francisco—tiene tres dimensiones inseparables: la paz con nosotros mismos, la paz con el otro, y la paz con la creación. Muchos, de alguna manera u otra, vivimos de la utopía de un mundo mejor, aspiramos una sociedad en la que impere la justicia y la paz duraderas. Para el cristiano la utopía no es una mera proyección de los anhelos insatisfechos del hombre sino esperanza fundada en las promesas de Dios. Nosotros esperamos “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Cf., Is 65, 17; Ap 21, 1; Rm 8, 20ss). La “utopía cristiana” tienes hondas raíces bíblicas. Isaías es un ejemplo de “pensador utópico” que sueña con un mundo mejor, un estado de paz y armonía, donde ha desaparecido la guerra y la división: “De las espadas forjarán arados, de las lanzas podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra” (Is 2, 4). La armonía y la paz no es solo entre los hombres, sino también con la naturaleza, con los animales, pues “habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos” (Is 11, 6ss).

En distintas etapas de la historia ha existido proyectos políticos que han intentado hacer realidad la utopía intramundana de un orden justo y solidario, o una “sociedad sin clases” donde no haya explotación del hombre por el hombre, pero dichos proyectos se han revelado siempre como un fracaso, han devenido en formas de totalitarismos. A diferencia de las utopías intramundanas, la utopía cristiana no defrauda, no genera desesperanza y frustración. El Reino de Dios ha comenzado con la venida de Jesús (un reino de justicia y de paz), y está creciendo silenciosamente, pero llegará a su plenitud al final de los tiempos. De ahí que tenemos que proyectar nuestra mirada más allá del horizonte intramundano. Los proyectos políticos, bien encaminados, pueden contribuir al crecimiento del Reino de Dios, para ello se necesita—como dice el papa Francisco—“la conversión del corazón y del alma”. La utopía cristiana no es alienación, no nos saca del mundo, sino que, por el contrario, nos compromete en su transformación. “La política si se lleva a cabo en el respeto fundamental de la vida, la libertad y la dignidad de las personas, puede convertirse verdaderamente en una forma eminente de caridad” (52 Jornada Mundial de la Paz). En ese sentido, la política no nos puede ser ajena como creyentes, todos estamos llamados a trabajar por el bien común, pues, como dice el papa Francisco: “Estamos convencidos de que la buena política está al servicio de la paz; respeta y promueve los derechos humanos fundamentales” (52 Jornada Mundial de la Paz). La política—nos dice el papa Francisco—favorece la paz si se realiza reconociendo los carismas y capacidades de las personas. “Hoy más que nunca, nuestras sociedades necesitan ‘artesanos de la paz’ que puedan ser auténticos mensajeros y testigos de Dios Padre que quiere el bien y la felicidad de la familia humana” (52 Jornada Mundial de la Paz).





Politics at the Service of Peace


By FATHER LORENZO ATO


Pope Francis, in his message for the celebration of the 52nd World Day of Peace, on Jan. 1, 2019, as on so many other occasions, once again stressed the need to work for peace, in the search for the good common, where the fundamental rights of people are respected, and where politics is not an instrument of division but one that contributes truly and effectively to the construction of peace. How should we understand politics in the service of peace?

The purpose of politics is the search for the common good, understood as the set of goods at the service of the community (people or nation); these goods can be material (food, health, decent housing, etc.), and immaterial or spiritual (religious freedom, fundamental human rights duly guaranteed, among others). The common good is associated with the achievement of the greater well-being of the community, the benefit of all citizens. The common good must prevail over individual interest. The unfair distribution of assets is a permanent source of conflicts. Hence, peace is associated with justice: without justice there can be no true peace. Politics, Pope Francis says, "is a fundamental vehicle for building the citizenship and activity of man, but when those who dedicate themselves to it do not live as a service to the human community, it can become an instrument of oppression, marginalization and even destruction" (Message of the Holy Father Francis for the celebration of the 52nd World Day of Peace, Vatican, Dec. 8, 2018).

Peace, obviously, cannot be reduced to the mere absence of war, to a strategic balance of forces between potentially belligerent countries. "Peace can never be reduced to the simple balance of strength and fear. Keeping another under threat means reducing them to the state of being an object and denying them dignity. This is the reason why we reaffirm that the increase in intimidation, as well as the uncontrolled proliferation of weapons, are contrary to morals and the search for true harmony" (52nd World Peace Day, 2019). We can certify that the leaders of the great powers have not renounced the recourse of war; they continue to prepare for it, creating sophisticated weapons of destruction. The world has not learned the lessons of the two tragic world wars in which millions of human beings perished and the greatest atrocities were committed. In several parts of the world there are currently situations of war, focused wars, usually with the consent of powerful countries in economic terms and military technology. The war, as the philosopher of Jewish origin, Emmanuel Levinas, said, is the suspension of morality; it makes it inoperative. The origin of war lies in the "negation of the other," in not recognizing him as a brother, in giving the category of "enemy" to whomever it is necessary to eliminate. Hence, Pope Francis insists on the theme of fraternity as the foundation and way to achieve peace. In the Gospel Jesus tells us: "You are all brothers" (Mt 23, 8). To recognize ourselves as brothers is to accept the fatherhood of God (we are his adopted children).

Pope Francis tells us: "To make peace is at the center of the mission of the disciples of Christ" (52nd World Day of Peace, 2019). The Christian, of course, does not reduce the scope of peace to political action. "Peace, in fact, is the fruit of a great political project that is based on reciprocal responsibility and the interdependence of human beings, but it is also a challenge that demands to be welcomed day after day. Peace is a conversion of heart and soul" (52nd World Day of Peace). That inner and communal peace, Pope Francis says, has three inseparable dimensions: peace with our selves, peace with the other and peace with creation. Many, in one way or another, live for the utopia of a better world; we aspire to a society in which lasting justice and peace prevail. For the Christian, utopia is not a mere projection of the unsatisfied yearnings of man but hope based on the promises of God. We expect "a new heaven and a new earth" (Cf., Is 65, 17, Ap 21, 1, Rm 8, 20ss). The "Christian utopia" has deep biblical roots. Isaiah is an example of a "utopian thinker" who dreams of a better world, a state of peace and harmony, where war and division have disappeared: “They shall beat their swords into plowshares and their spears into pruning hooks; one nation shall not raise the sword against another” (Is 2, 4). Harmony and peace is not only between men, but also with nature, with animals, for "the wolf shall be the guest of the lamb, and the leopard shall lie down with the young goat; the calf and the young lion shall browse together" (Is 11, 6ss).

In different stages of history, there have been political projects that have tried to make reality the intermundane utopia of a just and solidary order, or a "classless society" where there is no exploitation of man by man, but these projects have always been shown to be a failure; they have become forms of totalitarianism. Unlike the earthly utopias, the Christian utopia does not disappoint. It does not generate despair and frustration. The Kingdom of God has begun with the coming of Jesus (a reign of justice and peace), and is growing silently, but will reach its fullness at the end of time. Hence, we have to project our gaze beyond the earthly horizon. Political projects, on the right track, can contribute to the growth of the Kingdom of God, for which, as Pope Francis says, "the conversion of heart and soul" is needed. The Christian utopia is not alienation, it does not take us out of the world, but, on the contrary, it commits us to its transformation. "Politics, if carried out in the fundamental respect of the life, liberty and dignity of people, can truly become an eminent form of charity" (52nd World Day of Peace). In that sense, politics cannot be alien to us as believers, we are all called to work for the common good, because, as Pope Francis says: "We are convinced that good politics is at the service of peace; respects and promotes fundamental human rights" (52nd World Day of Peace). Politics, Pope Francis tells us, favors peace if it is done while recognizing the charismas and capacities of people. "Today more than ever, our societies need 'artisans of peace' who can be authentic messengers and witnesses of God the Father who wants the good and happiness of the human family" (52nd World Day of Peace).

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