First Place Award for General Excellence, Catholic Press Association, 2013-2016

Si Escuchas Su Voz
Los Frutos de La Misión
Si Escuchas Su Voz
Padre Lorenzo Ato

¿Qué espera el misionero de su trabajo evangelizador? Es verdad que evangelizamos en cumplimiento del mandado del Señor, para la mayor gloria de Dios; pero, muchas veces, el misionero espera con cierta impaciencia que su trabajo produzca frutos concretos, incluso que esos frutos sean cuantificables, por ejemplo: en un determinado número de personas convertidas, incremento del número de bautizados, confirmados; porcentaje de creyentes que van a misa, obras de promoción social, etc. Hay pastores que se sienten felices, e incluso satisfechos, si al final de cada año pueden reportar a sus obispos un incremento en el número de sacramentos administrados en las parroquias a su cargo ¿Realmente es posible verificar y cuantificar el resultado de la acción misionera? No podemos contagiarnos de la mentalidad eficientista que solo valora resultados cuantificables y observables, es decir: que puedan presentarse en tablas estadísticas. La pastoral no es una actividad empresarial que se pueda medir por resultados cuantificables. El papa Francisco nos dice al respecto: “la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida” (Evangelii Guadium, 129). ¿Qué es eso más profundo “que escapa a toda medida”?

El misionero tiene que partir de la certeza que nada de lo que haga al servicio de la evangelización se perderá, sino que tendrá sus frutos, porque nuestra acción no es un esfuerzo individual, sino un trabajo eclesial movido por el Espíritu, verdadero agente de la evangelización. La misión, como dice el papa Francisco, nos exige una entrega generosa, Dios nos pide todo; pero, “sería un error entenderla  como una heroica tarea personal, ya que la obra es ante todo de Él,  más allá de lo que podamos descubrir y entender” (Evangelii Gaudium, 12). De ahí que los resultados o frutos de nuestro trabajo misionero son muchas veces invisibles, no pueden ser contabilizados: “Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida” (Evangelii Gaudium, 129). Debemos tener siempre la certeza (proveniente de la fe) que, aún en los aparentes fracasos, Dios está haciendo su obra a través de nuestro trabajo silencioso, sencillo, humilde; “nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria” (Evangelii Gaudium, 129).

El misionero no puede caer en la tentación del inmediatismo, en el sentido de querer ver resultados a corto plazo; y, cuando eso no sucede, es invadido por una sensación de frustración. “El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácilmente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz” (Evangelii Gaudium, 82). Hay pastores que quizá esperan “conversiones multitudinarias”, más fieles en los templos, y para ellos recurren a diversas estrategias, recursos tecnológicos, publicidad, etc. La preocupación central debe ser por una entrega generosa al servicio del Evangelio, “desgastarse” por la misión, una pasión por evangelizar sin espera de reconocimientos por nuestra labor pastoral, con plena convicción que Dios potencia nuestro esfuerzo y entrega. Probablemente nunca podremos saber cuál es el alcance de la acción evangelizadora que realizamos; “quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos” (Evangelii Gaudium, 129).

Más que preocuparnos sobre si tendremos o no resultados con nuestra acción pastoral, debemos orientar todos nuestros esfuerzos al servicio de la misión, con la plena confianza en que Dios realizará su obra. Vale la pena esforzarnos y entregar nuestra vida con ardor misionero. Para mantener vivo ese ardor misionero y no caer en el desaliento, hace falta—como dice el papa Francisco—“una decidida confianza en el Espíritu Santo” que viene en ayuda de nuestra debilidad (Cf., Rm 8, 26); “no hay mayor libertad que la de dejarse llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, y permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él quiera. Él sabe bien lo que hace falta en cada época y en cada momento” (Evangelii Gaudium, 280). Como la lluvia que empapa la tierra y la hace fecunda (Cf., Is 55, 10-11), la Palabra del Señor, producirá sus frutos. Nuestro trabajo como misioneros es sembrar la Palabra, ayudarla a germinar y crecer en el corazón y la vida de las personas. Nuestra entrega a la misión, sin duda, producirá sus frutos, sin que nosotros podamos medirlos, sin saber cuándo, cómo, dónde y en quiénes. Lo que sabemos es que el Señor potenciará nuestros esfuerzos y hará fecundo nuestro trabajo de contribuir al crecimiento del Reino de Dios en la tierra.

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