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Pena de Muerte: ¿Cambio o Desarrollo en la Doctrina de la Iglesia?

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El cambio propuesto por el papa Francisco al n. 2267 del Catecismo de la Iglesia Católica, no está exento de polémicas, sobre todo en algunos sectores tradicionalmente favorables a la pena de muerte. Algunos pueden pensar que el Papa está cambiando la doctrina de la Iglesia. Cabe entonces aclarar la diferencia entre un “cambio en la doctrina” y lo que es propiamente un “desarrollo de la doctrina”.

El papa Francisco ha sido enfático en señalar que no se trata solamente de encontrar un lenguaje nuevo para proclamar la fe, sino de que la Iglesia pueda expresar siempre la novedad del Evangelio ante los nuevos retos y perspectivas que plantea el mundo actual. Con respecto a la pena de muerte – dice el papa Francisco – dicha cuestión “no se puede reducir al mero recuerdo de un principio histórico, sin tener en cuenta no sólo el progreso de la doctrina llevado a cabo por los últimos Pontífices, sino también el cambio en la conciencia del pueblo cristiano, que rechaza una actitud complaciente con respecto a una pena que menoscaba gravemente la dignidad humana” (Discurso del Santo Padre Francisco con motivo del XXV aniversario del Catecismo de la Iglesia Católica. Roma 11 de octubre de 2017).

Después de la aprobación de la edición típica latina por el papa san Juan Pablo II (Carta Apostólica “Laetamatur Magnopere” del 15 de agosto de 1997), hay una serie de declaraciones de la Iglesia en favor de la abolición de la pena de muerte, las cuales pareciera que no se condicen con la redacción del n. 2267 del Catecismo de la Iglesia que había sido aprobado y publicado apenas el año anterior. En efecto, en el menaje por la Navidad del año 1998, el papa Juan Pablo hizo un llamado para que se decida abolir la pena de muerte, considerándola como “cruel e innecesaria”. No solo Juan Pablo II sino también el papa Benedicto XVI fueron abiertamente contrarios a la pena de muerte; pero, ninguno de ellos se atrevió a formular ningún cambio o modificación en el Catecismo de la Iglesia con respecto a la postura oficial sobre la pena de muerte. Ha sido el actual papa Francisco quien tomó la histórica decisión de pedir una modificación del n. 2267 del Catecismo de la Iglesia.

Desde el inicio de su pontificado el papa Francisco ha tomado una clara postura en contra de la pena de muerte, sin excepcionalidades, y ha propugnado abiertamente su abolición en el mundo entero; resultaba pues, coherente la decisión de proponer la modificación del n. 2267 del Catecismo de la Iglesia, en el cual la pena de muerte no estaba totalmente excluida. En el año 2015, en una Carta dirigida al presidente de la Comisión Internacional contra la pena de muerte (20 de marzo de 2015), decía el papa Francisco: “Hoy la pena de muerte es inadmisible, por grande que haya sido el delito del condenado”. Señalaba el Papa en dicha carta que la pena de muerte representa un fracaso para un Estado de derecho, “porque lo obliga a matar en nombre de la justicia [...]. Nunca se alcanzará la justicia dando muerte a un ser humano”. En definitiva: la pena de muerte es abiertamente contraria al Evangelio y al sentido de la justicia que debe regir a los Estados.

Como ya lo hemos mencionado en una anterior columna, la modificación del n. 2267 del Catecismo de la Iglesia representa un desarrollo de la doctrina sobre la pena de muerte. No se puede afirmar que exista, en la propuesta del Papa, ninguna contradicción con las enseñanzas anteriores del Magisterio de la Iglesia (Cf., “Carta a los Obispos acerca de la nueva redacción del n. 2267 del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la pena de muerte”. Congregación para la Doctrina de la Fe. Roma 1 de agosto de 2018). Ha sido una mayor toma de conciencia, a la luz de propio Evangelio, lo que ha conllevado al desarrollo de la doctrina. Dicho de otra manera: la Iglesia, discerniendo con el auxilio del Espíritu Santo, va descubriendo el sentido pleno de los textos de la Escritura, llegando a la firme convicción de que la pena de muerte resulta inadmisible por ser contraria al Evangelio. “Hay que afirmar de manera rotunda que la condena a muerte, en cualquier circunstancia, es una medida inhumana que humilla la dignidad de la persona. Es en sí misma contraria al Evangelio” (Discurso del Santo Padre Francisco con motivo del XXV aniversario del Catecismo de la Iglesia Católica). Es indudable, entonces, que ningún católico del mundo puede estar de acuerdo con la pena de muerte.

El hecho de que el pasado la Iglesia admitiera la pena de muerte y que incluso acudiera a ese medio, resulta para el papa Francisco algo realmente lamentable. Eso, de ninguna manera, impide que una relectura del Evangelio y de la enseñanza de la Iglesia no nos obligue a enmendar los graves errores del pasado. Debe quedar muy claro, como dice el papa Francisco, que sobre el tema de la pena de muerte, “aquí no estamos en presencia de ninguna contradicción con la enseñanza del pasado, porque la Iglesia siempre ha enseñado de manera coherente y autorizada la defensa de la dignidad de la vida humana, desde el primer instante de su concepción hasta su muerte natural” (Discurso del Santo Padre Francisco con motivo del XXV aniversario del Catecismo de la Iglesia Católica).

El papa Francisco nos hace recordar (en el precitado discurso), a la luz de la enseñanza del Concilio Vaticano II, que “la Tradición es una realidad viva y sólo una mirada superficial puede ver el ‘depósito de la fe’ como algo estático. La Palabra de Dios no puede ser conservada con naftalina, como si se tratara de una manta vieja que hay que proteger de la polilla” (Ibid.). El Papa precisa que la verdad revelada, en cuanto que es transmitida por la Iglesia, “no comporta de manera alguna un cambio de doctrina”. Custodiar el depósito de la fe confiado a la Iglesia, implica estar abiertos a la acción del Espíritu Santo para un progreso en la doctrina. “No se puede conservar la doctrina sin hacerla progresar, ni se la puede atar a una lectura rígida e inmutable sin humillar la acción del Espíritu Santo” (Ibid). La Iglesia no es una especie de museo que custodia cosas del pasado. Las consideraciones antes expuestas explican el porqué no solo es perfectamente posible sino necesario un desarrollo doctrinal. Es en esa línea que se orienta la modificación del n. 2267 del Catecismo de la Iglesia Católica. El núcleo central de la fe no cambia y no puede cambiar; lo que cambia es la forma de inteligir y presentar esas verdades de fe, de modo que, sin traicionar el Evangelio y en fidelidad con la Tradición (un solo depósito de la fe), respondan a los desafíos de evangelización que plantea el mundo actual. En ese proceso, es legítimo hablar de un avance o “afinamiento” de la postura de la Iglesia respecto a temas doctrinales o éticos.

Death Penalty: Change or Development in the Doctrine of the Church?

By FATHER LORENZO ATO

The change proposed by Pope Francis to no. 2267 of the Catechism of the Catholic Church is not exempt from polemics, especially in some sectors traditionally favorable to the death penalty. Some may think that the Pope is changing the doctrine of the Church. It is then necessary to clarify the difference between a "change in doctrine" and what is properly a "development of doctrine."

Pope Francis has been emphatic in pointing out that it is not only a matter of finding a new language to proclaim the faith, but that the Church can always express the novelty of the Gospel in the face of the new challenges and perspectives posed by today's world. With regard to the death penalty, Pope Francis says, this question "cannot be reduced to the mere memory of a historical principle, without taking into account not only the progress of the doctrine carried out by the last Pontiffs, but also the change in the conscience of the Christian people, who reject a complacent attitude towards a penalty that seriously undermines human dignity" (Address by the Holy Father Francis on the occasion of the 25th anniversary of the Catechism of the Catholic Church, Rome, October 11, 2017) .

Since the approval of the official Latin edition by Saint Pope John Paul II (Apostolic Letter "Laetamatur Magnopere" of August 15, 1997), there has been a series of statements by the Church in favor of the abolition of the death penalty, which seem not to be consistent with the wording of no. 2267 of the Catechism of the Church that had been approved and published only the previous year. Indeed, in the Christmas message of the year 1998, Pope John Paul called for the decision to abolish the death penalty, considering it "cruel and unnecessary." Not only John Paul II but also Pope Benedict XVI were openly opposed to the death penalty; but neither of them dared to make any change or modification in the Catechism of the Church with respect to the official position on the death penalty. It was the current Pope Francis who made the historic decision to request a modification of no. 2267 of the Catechism of the Church.

Since the beginning of his pontificate, Pope Francis has taken a clear stance against the death penalty, without exception, and has openly advocated its abolition throughout the world. Therefore, the decision to propose the modification of no. 2267 of the Catechism of the Church, in which the death penalty was not totally excluded. In 2015, in a letter addressed to the president of the International Commission against the death penalty (March 20, 2015), Pope Francis said: "Today the death penalty is inadmissible, no matter how great the crime of the condemned." The Pope said in that letter that the death penalty represents a failure for a State of law, "because it forces it to kill in the name of justice...Justice will never be achieved by killing a human being.” In short: the death penalty is openly contrary to the Gospel and to the sense of justice that should govern the States.

As we have already mentioned in a previous column, the modification of no. 2267 of the Catechism of the Church represents a development of the doctrine on the death penalty. It cannot be affirmed that there is any contradiction in the Pope's proposal with the previous teachings of the Magisterium of the Church (Cf., "Letter to the Bishops on the new wording of no. 2267 of the Catechism of the Catholic Church on the death penalty." Congregation for the Doctrine of the Faith, Rome, August 1, 2018). There has been a greater awareness, in the light of the Gospel itself, which has led to the development of the doctrine. In other words, the Church, discerning with the help of the Holy Spirit, discovers the full meaning of the texts of Scripture, arrives at the firm conviction that the death penalty is inadmissible because it is contrary to the Gospel. "It must be affirmed in a categorical way that the death sentence, in any circumstance, is an inhuman measure that humiliates the dignity of the person. It is in itself contrary to the Gospel" (Discourse of the Holy Father Francisco on the occasion of the 25th anniversary of the Catechism of the Catholic Church). There is no doubt, then, that no Catholic in the world can agree with the death penalty.

The fact that in the past the Church admitted the death penalty and even had recourse to it is, for Pope Francis, something very regrettable. That, in no way, prevents a rereading of the Gospel, and the teaching of the Church does not force us to amend the grave errors of the past. It must be very clear, as Pope Francis says, that on the subject of the death penalty, "here we are not in the presence of any contradiction with the teaching of the past, because the Church has always taught in a coherent and authoritative way the defense of the dignity of human life, from the first moment of its conception until its natural death" (Discourse of the Holy Father Francisco on the occasion of the 25th anniversary of the Catechism of the Catholic Church).

Pope Francis reminds us (in the aforementioned discourse), in light of the teaching of the Second Vatican Council, that "Tradition is a living reality and only a superficial glance can see the 'deposit of faith' as something static. The Word of God cannot be preserved with mothballs, as if it were an old blanket that must be protected from the moth "(Ibid.). The Pope points out that revealed truth, insofar as it is transmitted by the Church, "does not in any way imply a change of doctrine." Keeping the deposit of faith entrusted to the Church implies being open to the action of the Holy Spirit for progress in doctrine. "The doctrine cannot be preserved without making progress, nor can it be tied to a rigid and immutable reading without humiliating the action of the Holy Spirit" (Ibid). The Church is not a kind of museum that keeps things from the past. The aforementioned considerations explain why not only is a doctrinal development perfectly possible but necessary. It is in this line that the modification of the no. 2267 of the Catechism of the Catholic Church is oriented.

The central core of faith does not change and cannot change; what changes is the way of knowing and presenting those truths of faith so that, without betraying the Gospel and in fidelity with Tradition (a single deposit of faith), they can respond to the challenges of evangelization posed by today's world. In this process, it is legitimate to speak of an advance or "refinement" of the Church's position regarding doctrinal or ethical issues.

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