Por Los Pasos Menos Transitados De San Óscar Romero

Posted

Veía sus pasos lentos y suaves buscando distancia del cuento de la mujer cerca del árbol. Cuando mi amigo Thierry Bonaventura me dijo que quería venir conmigo a El Salvador, le advertí que mi país natal era un lugar complicado, uno de gran belleza natural, materialmente pobre, con personas generosas y espirituales, pero con un pasado y presente difícil. Es algo que no se puede, ni se debe ignorar.

Pude ver durante nuestra visita a El Mozote el 30 de enero que él se encontraba profundamente en ese lugar complicado. Hicimos lo que pensé sería una visita rápida a El Mozote durante una gira visitando lugares importantes en la vida de san Óscar Romero cuando nos encontramos con Serapia Chicas, cerca de un monumento en el centro del pueblo.

Nos contó cómo soldados asesinaron a casi mil habitantes del pueblo en 1981, entre ellos cientos de niños, algunos de los cuales quedaron enterrados en una fosa común cerca de donde estábamos parados.

El monumento lleva los nombres y edades de algunas de las víctimas: Santos Argueta, 15; un niño con los apellidos Vigil Marquez, 2; Catalino Rodríguez Guevara, 70. Cuando Serapia comenzó a contar la historia de un bebé que un soldado alzó al aire y le disparó, parecía ser más de lo que mi amigo italiano podía soportar.

Los criminales de la guerra de El Salvador no le tenían piedad a sus víctimas, ni por su edad ni por su género, ni porque le servían a una de las instituciones más poderosas del país: la Iglesia Católica.

Aunque su nombre no estaba en El Mozote, una estatua de bronce del santo, el cual queríamos conocer mejor y quien fue asesinado de manera igualmente violenta que los aldeanos de El Mozote, está colocada en lo alto del cantón, en una montaña cercana, y lo representa en sus inconfundibles lentes, y con su túnica y mitra de obispo. La imagen tiene un efecto calmante sobre un lugar cuyo nombre evoca grandes horrores.

Cerca de la estatua, la hermana Ana Ríos del Centro Romero en El Mozote nos recibió, un trío de visitantes inesperados, con una sonrisa. El centro de retiro es operado por su comunidad religiosa, Communio Sanctorum. La hermana nos abrió las puertas del edificio decorado en su interior con pinturas y murales del tamaño de una pared, narrando la vida de san Romero. Los murales incluyen citas de sus homilías dibujadas en las paredes, y murales del artista Óscar Naranjo, quien pintó a san Romero en compañía de otros santos y amigos.

Llegamos con un sacerdote, nuestro amigo, el padre Moises Villalta, a quien la hermana Ríos conocía y estaba feliz de ver porque significaba que el centro celebraría Misa ese día. El mirador impresionante, la estatua del profeta en la cima de la montaña, la fraternidad de la comunidad le hace a cualquiera olvidar que El Salvador tenía o tiene algún problema.

“Queríamos convertir un lugar de maldición en un lugar de bendición”, nos dijo la hermana Ríos.

Aunque la mayor parte de lo que se escribe sobre san Romero se enfoca en San Salvador y sus tres años como arzobispo allí, los pueblos y ciudades más remotas en el oriente de El Salvador, donde el santo pasó gran parte de su vida, tienen mucho que enseñar sobre quién fue, lo que formó su pensamiento, por qué se sintió atraído a ciertas partes del Evangelio más que a otras.

Pero lleva tiempo viajar a estos lugares menos transitados. Lleva tiempo porque, a pesar de que El Salvador es del tamaño de Massachusetts, la condición de las carreteras no es la mejor, y las rutas no están bien marcadas. Sin embargo, vale la pena hacer el esfuerzo de visitar al menos la ciudad natal de san Romero, Ciudad Barrios y la ciudad de San Miguel, aproximadamente a dos horas y media en auto desde San Salvador.

El ritmo más lento de Ciudad Barrios fue un oasis, lejos del tráfico frenético de San Salvador. Me imaginé a Óscar Romero cuando era niño corriendo por sus calles, con papeles en sus manos, ayudando a su padre, el telegrafista local, a entregar parte de la correspondencia. De esta sencilla ciudad pavimentada con ladrillos y piedras donde caminábamos, salió nuestro gran profeta, mártir y santo salvadoreño, y, de alguna manera, todavía estaba asombrada de que un amigo europeo hiciera el esfuerzo y el gasto para venir a un lugar como Ciudad Barrios para conocerlo.

Estaría dispuesta a apostar a que la mayoría de los salvadoreños nunca han viajado allí, aunque durante los últimos años, el cardenal salvadoreño Gregorio Rosa Chávez comenzó una peregrinación “caminando hacia la cuna del profeta”, animando a más salvadoreños a visitar la ciudad natal de san Romero.

Un producto espiritual de cualquier peregrinaje es que, al poner la vida del santo en el lugar físico donde vivió, se puede desarrollar una idea de lo que vio la persona santa, lo que le motivó. Observamos a campesinos, algunos de ellos cargando sus machetes, pasando por la plaza principal de Ciudad Barrios, y a los pobres que se reúnen en las gradas a la entrada de la iglesia que lleva el nombre de su hijo más famoso, un amigo y defensor de los pobres, alguien como ellos, como nosotros, ahora un santo, un modelo para los católicos del mundo.

Me imaginé la gente que conoció san Romero en San Miguel, a los trabajadores que alimentó, a los prisioneros que visitó, a los alcohólicos a los que trató de ayudar cuando trabajó allí durante más de 20 años. Durante nuestra visita, el ambiente era diferente, más urbano que el de Ciudad Barrios.

Hombres y mujeres jóvenes, algunos con preocupaciones reflejadas en su rostro, se acercaban a una imagen de Nuestra Señora Reina de la Paz en la Catedral de San Miguel, cuya construcción el santo supervisó. Fue el lugar donde revivió devociones populares a la virgen salvadoreña.

Casi 40 años después de la violenta muerte de nuestro santo en el altar, El Salvador todavía está lidiando con los frutos de la violencia de la guerra, una violencia que san Romero dio su vida intentando evitar. Me llenó de tensión y tristeza y esto se manifestó en ser demasiado cuidadosa con mi amigo del extranjero.

Pero yo le había rezado a san Romero al comienzo de nuestro viaje, en su tumba. Le pedí que guiara nuestros pasos, que nos guiara hacia donde quería, y siempre, ese camino nos llevaba hacia los pobres.

Me acordé de las palabras que acababa de escuchar del papa Francisco días antes en Panamá, palabras que había visto en una pared cuando llegamos a El Salvador el primer día de nuestro peregrinaje, diciendo que Jesús “invita siempre a mirar un horizonte capaz de hacer nueva la vida y la historia”.—CNS

Comments

No comments on this story | Please log in to comment by clicking here
Please log in or register to add your comment