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Reconocer a Jesús en la ‘Fracción del Pan’

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El encuentro de los discípulos con el Resucitado fue el desencadenante de la fe pascual, fue también lo que motivó su retorno intempestivo a Jerusalén, ciudad de la que habían huido temerosos después de los acontecimientos del Viernes Santo. Jesús Resucitado les sale al encuentro no como un ‘fantasma’ sino mostrándoles las huellas de la crucifixión, “comiendo” con ellos. El encuentro con el Resucitado no es fruto de una alucinación, no puede reducirse a una experiencia interior o psicológica, se trata de un encuentro real. La naturaleza de ese encuentro es muy difícil de precisar, puesto que se trata del encuentro con un Resucitado, no con un hombre de carne y hueso que haya vuelto a la vida terrenal. En el Libro de los Hechos de los Apóstoles, Pedro se presenta como testigo del Resucitado, con una afirmación categórica: “hemos comido y bebido con Él después de la resurrección” (Hch 10, 41).

El Evangelio del tercer domingo de Pascua, Ciclo C (Cf., Jn 21, 1-19), nos relata una de las apariciones del Resucitado a sus discípulos a orillas del lago de Tiberíades, en el contexto de una faena de pesca infructuosa. El evangelista nos dice que esa fue “la tercera vez que Jesús se manifestó a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos” (Jn 21, 14). Esta aparición de Jesús es también descrita con rasgos materiales, como si fuese objeto de observación natural para cualquier persona, al punto que sus discípulos lo confunden con un forastero, como les sucedió a los discípulos de Emaús (Cf., Lc 24, 13-35). Jesús invita a arrojar las redes, obteniéndose una pesca abundante. Ese signo de la ‘pesca milagrosa’ permite al apóstol Juan, a quien el mismo evangelista se refiere como “el discípulo que Jesús tanto quería”, reconocer a Jesús; entonces Juan le dice a Pedro: “Es el Señor” (Jn 21, 7). Los otros discípulos se acercan a Jesús, pero tienen recelo preguntarle si es efectivamente el mismo Jesús que fue crucificado, muerto y sepultado. Jesús resucitado come con ellos, al igual que compartió con sus discípulos durante su vida terrena.

Luego de esa comida, Jesús se dirige a Pedro para encargarle una misión.  Pedro, había negado a Jesús tres veces cuando el Señor fue tomado prisionero y llevado ante los tribunales para ser ajusticiado, ahora es invitado a renovar su fidelidad y asumir la tarea de ‘apacentar’ al rebaño, imagen que expresa el encargo que Jesús le hace de cuidar de la Iglesia como su vicario en la tierra. Pedro ha sido capaz de vencer todos sus miedos, superar la cobardía de haber negado a Jesús, quien no le ha echado en cara su pecado. Él es elegido para ese ministerio no por sus cualidades personales o fidelidad a toda prueba, sino por libre decisión de Jesús. Pedro no puede presumir de estar preparado para el encargo, solo puede testimoniar tres veces su amor al Señor, esa es su única credencial para ejercer tan importante ministerio.

En varios pasajes de los evangelios que relatan apariciones de Jesús Resucitado, lo presentan con rasgos materiales como si se tratase de un cuerpo humano que ha vuelto a la vida bajo las mismas condiciones de materialidad terrenas. Cuanto el Resucitado se aparece a sus discípulos, y estos se llenan de temor porque creen ver un fantasma, Él les dice: “Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo. Tóquenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo los tengo” (Lc 24, 39); pero, el propósito de dichos relatos no es describirnos cómo era el cuerpo del Resucitado, sino de poner énfasis en que el Resucitado no es un fantasma. La intención del evangelista con esa forma de presentar a Jesús es, por una parte, evidenciar que el Resucitado es el mismo que fue crucificado; por otra parte, rechazar cualquier interpretación ‘espiritualista’ de la resurrección, concepciones erróneas que pudieran negar la resurrección corporal de Jesús. No hay que tomar esas expresiones al pie de la letra, porque entonces podríamos ser inducidos al error de entender la resurrección de Jesús de una manera muy materialista, como si se tratase de la reanimación de un cadáver, un muerto vuelto a la vida terrenal, como el caso de Lázaro.

La resurrección no es el retorno a la vida terrenal de un cuerpo a las mismas condiciones físicas anteriores a la muerte. La resurrección corporal supone una transformación radical de un cuerpo mortal; no sabemos cómo sucede eso, lo cierto es que la resurrección no es accesible a una observación empírica, no puede ser probada ni refutada científicamente; es objeto de fe, es decir: solo desde la fe podemos tener acceso a Jesús resucitado. La fe en la resurrección nos dice que también nosotros, al final de los tiempos, resucitaremos con nuestros propios cuerpos, lo cual no significa que resucitaremos con nuestros propios cadáveres.

San Lucas es el único de los evangelistas que usa la expresión “la fracción del pan” con alusiones a la Eucaristía. En su evangelio, en el relato de los discípulos de Emaús (Cf., Lc 24, 13-35), nos dice que aquellos discípulos reconocieron a Jesús (a quien habían confundido con un forastero), en el momento de la “fracción del pan”, cuando Jesús tomó el pan, lo partió y se los repartió (Cf., Lc 24, 35). El mismo evangelista, en el Libro de los Hechos de los Apóstoles, con la expresión “fracción del pan” aludiría no solo a una comida comunitaria sino a la Eucaristía (Cf., Hch 2, 42). La referencia más clara a la Eucaristía como “fracción del pan” está en otro pasaje del mismo libro (Cf., Hch 20, 7-12): “El primer día de la semana, estando nosotros reunidos para la fracción del pan” (Hch 20, 7).

Hoy podemos también tener una experiencia personal de encuentro con Jesús Resucitado, en sus diversos modos de presencia, especialmente en la Eucaristía. Allí Jesús está presente de un modo particular (“substancialmente”), en su “cuerpo, alma y divinidad” (en las especies consagradas). La presencia de Cristo en la Eucaristía no es, ciertamente, la única forma de presencia real del Señor. Las otras presencias no son menos reales: presencia en su Iglesia orante (Mt 18, 20), en la Iglesia que predica, en la Iglesia que celebra los sacramentos, presencia en el hermano sufriente (Mt 25, 40), presencia en la persona del ministro que obra In Persona Christi, etc., pero, ¿Qué es lo característico de esa “realidad” de la presencia de Cristo en la Eucaristía? La presencia eucarística, nos decía el papa Pablo VI, “se llama ‘real’ no por exclusión, como si las otras no fueran ‘reales’, sino por antonomasia ya que es substancial, ya que por ella se hace presente ciertamente Cristo, Dios y Hombre, entero e íntegro” (Encíclica Mysterium Fidei).

La Eucaristía es el momento privilegiado para encontrarnos con Jesús Resucitado. Ese encuentro con Jesús en la Eucaristía no nos exonera sino que, por el contrario, nos exige el compromiso de reconocer su presencia real en el encuentro con el otro que sufre, lo cual conlleva a la vivencia concreta de la fraternidad y la solidaridad.





Recognizing Jesus in the 'Breaking of the Bread'


By FATHER LORENZO ATO


The meeting of the disciples with the Risen One was the trigger of the Easter faith; it was also what motivated their untimely return to Jerusalem, a city from which they had fled fearfully after the events of Good Friday. The Risen Jesus meets them not as a 'ghost' but by showing them the traces of the crucifixion, and by “eating” with them. The encounter with the Risen One is not the result of a hallucination, and it cannot be reduced to an inner or psychological experience. It is a real encounter. The nature of this meeting is very difficult to specify, since it is the encounter with a Risen One, not with a man of flesh and blood who has returned to earthly life. In the Book of Acts of the Apostles, Peter presents himself as a witness of the Risen One, with a categorical affirmation: “We have eaten and drunk with him after the resurrection” (Acts 10:41).

The Gospel of the third Sunday of Easter, Cycle C (Cf., Jn 21, 1-19), tells us about one of the appearances of the Risen One to his disciples on the shores of Lake Tiberius, in the context of an unsuccessful fishing trip. The evangelist tells us that this was “the third time that Jesus manifested himself to his disciples after rising from the dead” (Jn 21:14). This appearance of Jesus is also described with material features, as if it were the object of the natural observation of anyone, to the point that his disciples confused him with a stranger, as had happened to the disciples of Emmaus (Cf., Lc 24, 13- 35). Jesus invited them to throw their nets, obtaining an abundant haul of fish. That sign of the 'miraculous catch' allows the apostle John, whom the evangelist himself refers to as “the disciple that Jesus loved,” to recognize Jesus; then John says to Peter: “It is the Lord” (Jn 21, 7). The other disciples approach Jesus, but they are hesitant to ask him if he is indeed the same Jesus who was crucified, died and was buried. The risen Jesus eats with them, just as he shared food with his disciples during his earthly life.

After that meal, Jesus goes to Peter to commission a mission. Peter, who had denied Jesus three times when the Lord was taken prisoner and taken to court to be executed, is now invited to renew his fidelity and take on the task of shepherding the flock, an image that expresses the commission that Jesus gives him. To take care of the Church as his vicar on earth, Peter has been able to overcome all his fears, overcome the cowardice of having denied Jesus, who has not accused him of his sin. He is chosen for that ministry not because of his personal qualities or faithfulness in any trial, but by Jesus' free decision. Peter cannot boast of being prepared for the task, he can only witness three times to his love for the Lord; that is his only credential to exercise such an important ministry.

In several passages of the Gospels that relate appearances of the Risen Jesus, they present them with material features as if it were a human body that has returned to life under the same conditions of earthly materiality. When the Risen One appears to his disciples, and they are filled with fear because they believe they were seeing a ghost, He says to them: “Look at my hands and my feet. I am myself. Touch me and see that a spirit does not have flesh and bones as they see that I have” (Lk 24, 39). But, the purpose of these stories is not to describe to us what the body of the Risen One looked like, but to emphasize that the Risen One is not a ghost. The intention of the evangelist with this way of presenting Jesus is, on the one hand, to show that the Risen One is the same one who was crucified; on the other hand, to reject any 'spiritualistic' interpretation of the resurrection: erroneous conceptions that could deny the bodily resurrection of Jesus. We do not have to take those expressions literally, because then we could be led to the error of understanding the resurrection of Jesus in a very materialistic way, as if it were the resuscitation of a corpse, a dead man returned to earthly life, as the case of Lazarus.

The resurrection is not the return to the earthly life of a body to the same physical conditions as before death. The bodily resurrection supposes a radical transformation of a mortal body. We do not know how this happens; the truth is that the resurrection is not accessible to an empirical observation. It cannot be proved or refuted scientifically; it is the object of faith, that is, only from the faith can we have access to the risen Jesus. Faith in the resurrection tells us that we too, at the end of time, will be resurrected with our own bodies, which does not mean that we will be resurrected with our own corpses.

St. Luke is the only one of the evangelists who uses the expression “the breaking of bread” with allusions to the Eucharist. In his Gospel, in the account of the disciples of Emmaus (Cf., Lk 24, 13-35), he tells us that those disciples recognized Jesus (whom they had confused with a stranger), at the time of the “breaking of the bread,” when Jesus took the bread, broke it and distributed it to them (Cf., Lc 24, 35). The same evangelist, in the Book of the Acts of the Apostles, with the expression “breaking of bread” would refer not only to a communal meal but to the Eucharist (Cf., Acts 2:42). The clearest reference to the Eucharist as “breaking of bread” is in another passage from the same book (Cf., Ac 20, 7-12): “The first day of the week, when we are gathered together for the breaking of bread” (Ac 20, 7).

Today, we can also have a personal experience of encountering the Risen Jesus in his different ways of presence, especially in the Eucharist. There, Jesus is present in a particular way (“substantially”), in his “body, soul and divinity” (in the consecrated species). The presence of Christ in the Eucharist is certainly not the only form of the Lord's real presence. The other presences are no less real: his presence in his praying Church (Mt 18, 20), in the Church that preaches, in the Church that celebrates the sacraments, in the presence in the suffering brother (Mt 25, 40), in the presence in the person of the minister who works In Persona Christi, etc. But, what is characteristic of that “reality” of the presence of Christ in the Eucharist? The Eucharistic presence, Pope Paul VI told us, “is called 'real' not by exclusion, as if the others were not 'real,' but by antonomasia because it is substantial, since by it Christ, God, is certainly present. And Man, whole and complete” (Encyclical Mysterium Fidei).

The Eucharist is the privileged moment to meet the Risen Jesus. This encounter with Jesus in the Eucharist does not exonerate us but, on the contrary, it demands the commitment to recognize His Real Presence in the encounter with the other who suffers, which leads to the concrete experience of fraternity and solidarity.

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