First Place Award for General Excellence, Catholic Press Association, 2013-2016

Si Escuchas Su Voz
Señor, ¡Danos de Beber El Agua Viva!
Por PADRE LORENZO ATO

El libro del Éxodo nos relata la experiencia de un pueblo que al salir de la esclavitud de Egipto debe atravesar el desierto, tierra inhóspita donde apenas si hay signos de vida. El “desierto” es una de las imágenes de la Cuaresma; más que un espacio geográfico hay que entenderlo como “lugar de prueba” o purificación, de soledad y de encuentro con Dios, allí el hombre tiene que aprender a abandonar sus propias seguridades para confiar plenamente en la Palabra del Señor.

En el desierto, bajo un sol abrazador, se experimenta la agobiante necesidad de alimentos, y sobre todo de agua, la cual es y siempre ha sido un elemento vital; sin agua es imposible la vida humana. Podemos imaginar la situación de esas personas que no tiene ninguna seguridad de encontrar agua y alimento para sobrevivir. Moisés les exhorta a confiar en la promesa de Dios referida a una tierra nueva para vivir en libertad. Ellos se han aventurado a atravesar el desierto; pero, ahora tienen miedo, sienten su existencia amenazada. La situación se torna insostenible en la medida que pasan los días, al extremo de amotinarse y exigirle a Moisés que haga algo para resolver el problema; llegan al punto de lamentarse de haber abandonado Egipto, pues les parece que mejor era vivir en la esclavitud teniendo de comer antes que morir de hambre y sed en el desierto. El costo de su libertad les parece demasiado elevado. Moisés tiene que lidiar con un pueblo de “dura cerviz”, que no tiene la suficiente fe para confiar totalmente en el Señor. Ellos no acuden a Dios en una actitud de súplica invocando su auxilio, sino de una manera desafiante, poniéndolo a prueba, a fin de que les demuestre que efectivamente es Dios y que está con ellos proveyéndoles de agua. No obstante esa actitud, por intercesión de Moisés, Dios les da nuevamente un signo de su providencia haciendo brotar agua de la roca (Cf., Ex 17, 1-7).

La Biblia usa con mucha frecuencia la imagen del “agua” como símbolo de la vida. Ya en el Antiguo Testamento se nos habla de Dios como “manantial de agua viva”; el profeta Jeremías, para echar en cara la infidelidad del pueblo, utiliza la imagen de la “cisterna agrietada”: “Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí me dejaron, manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas que el agua no retienen” (Jr 2, 13); bella imagen del profeta para expresar la condición del hombre alejado de Dios. El pueblo de “dura cerviz” prefería retornar a Egipto para seguir bebiendo de las aguas del Nilo, antes que continuar su travesía con la esperanza de encontrar el “agua viva”.

Jesús utiliza la imagen o símbolo del agua para hablarnos del Espíritu Santo. Un pasaje de profundo contenido teológico aparece en el Evangelio de Juan, en el diálogo de Jesús con la Samaritana junto al pozo de Jacob (Cf., Jn 4, 5-30). En ese relato el agua es entendida en dos sentidos: como el vital elemento que sacia la sed natural (así lo entiende la Samaritana) y como don del Espíritu Santo que Dios da a los que creen en Él. Para el evangelista san Juan, el tema del agua es usado para introducir un tema de carácter teológico: Jesús es el Mesías, el que viene a darnos la verdadera agua viva, es decir, el don del Espíritu Santo. El pasaje es una autorrevelación de Jesús, la cual tiene su punto culminante en el “Yo soy” muy utilizado por el evangelista san Juan.

La escena del encuentro de Jesús con la Samaritana se desarrolla junto al pozo de Jacob, cerca del mediodía, cuanto arreciaba el calor y la sed se hace más intensa. Jesús, cansado del camino se sienta junto al pozo; llega una mujer Samaritana a sacar agua del pozo y Él le pide de beber. Aquella mujer se sorprende porque un judío le pide de beber, puesto que judíos y samaritanos no se podían ver (Cf., Jn 4, 5-9); pero, Jesús aprovecha la situación para mover a aquella mujer hacia la fe. Siguiendo el estilo propio del evangelista, al inicio se presenta una afirmación de Jesús, ésta es mal interpretada por los oyentes (tomada en sentido literal), luego se aclara el verdadero sentido de las palabras usadas por Jesús. Igualmente en este caso Jesús habla de un “agua viva” que puede darle, pero la mujer entiende literalmente esas palabras, por eso replica: “si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?” (Jn 4, 11). Jesús le explica que se trata de un agua que el que la bebe ya no tendrá más sed, la Samaritana sigue sin entender el alcance de esas palabras, por eso le dice a Jesús “Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla” (Jn 4, 15). Jesús utiliza la pedagogía de la fe para llevar a aquella mujer hacia el conocimiento del misterio de Dios revelado en Jesucristo. La Samaritana expresa la esperanza mesiánica de un pueblo, “sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo” (Jn 4,25), llega entonces el momento propicio para la autorrevelación de Jesús como Mesías, “Yo soy: el que habla contigo” (Jn 4, 26).

El tema del agua es recurrente en el Evangelio de San Juan; en otro pasaje, en el contexto de la celebración de la Fiesta de las Tiendas, “el último día de la fiesta, el más solemne Jesús  puesto en pie, gritó: ‘El que tenga sed que venga a mí y beba el que crea en mí’ como dice la Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7, 37-38). El mismo evangelista se encarga de explicar que “se refería al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él” (Jn 7, 39). El agua es un símbolo del Espíritu Santo como dador de vida. No necesitamos de una vara mágica, como la que utilizó Moisés, para golpear una roca y proveernos de agua; la fuente de agua viva está dentro de nosotros, pues el Espíritu Santo habita en nosotros por nuestro bautismo.

La “sed de Dios”, como permanente búsqueda de su presencia, nunca debe apagarse en nosotros; como el salmista debemos invocar al Señor diciéndole: “Señor, Tú eres mi Dios, a ti te busco, mi alma tiene sed de ti, en pos de ti mi carne languidece, cual tierra seca, agotada sin agua” (Sal 62, 2); “Mi alma es como una tierra que tiene sed de ti” (Sal 142, 6). Esa bella imagen de la “tierra seca” (sin agua) es bastante elocuente para expresar nuestra necesidad de Dios. Sólo Dios puede calmar esa sed del alma, el anhelo de felicidad. Cuando nos falta la gracia, o cuando no la dejamos actuar en nuestra vida, nos convertimos en “tierra reseca” o en una “cisterna agrietada”. Dios te ofrece, como le ofreció a la Samaritana, el “agua viva”, el don de su Espíritu, para que ya nunca más tengas sed. El Señor es quien nos da “torrentes de agua viva”.

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