Si Escuchas Su Voz

Un Camino de Purificación Para La Iglesia

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Una de las cosas que produce más escándalo entre los fieles son los graves pecados o delitos de sus autoridades religiosas, quienes están llamados a predicar con el ejemplo, a fin de que no se les aplique aquello que Jesús dice en el Evangelio acerca de los escribas y fariseos: “Hagan lo que ellos dicen, pero no lo que ellos hacen” (Mt 23, 3). El antiguo adagio latino “Corruptio optima pessima” (“la corrupción de los mejores es la peor”) es, de algún modo, aplicable para los clérigos (incluidos obispos y cardenales) que cometen abusos sexuales contra menores. La Iglesia, ciertamente, no es la “Iglesia de los puros”, como pretendían los llamados “Cátaros” (considerados herejes); es la Iglesia Santa, pero también es la Iglesia conformada por pecadores en necesidad permanente de conversión.

El papa Francisco ha sabido asumir con valentía los desafíos que, como consecuencia de los abusos sexuales, afectan la credibilidad de la Iglesia y generan indignación en creyentes y no creyentes. En la Carta del papa Francisco al Pueblo de Dios (del 20 de agosto de 2018), nos habla del “sufrimiento vivido por muchos menores a causa de abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas”, se trata—nos dice el Papa—de “un crimen que genera hondas heridas de dolor e impotencia; en primer lugar, en las víctimas, pero también en los familiares y en toda la comunidad, sean creyentes o no creyentes”. El Papa no minimiza la gravedad de esos hechos, ni pretende buscar algún tipo de justificación, muy por el contrario, señala que “ese dolor de las víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado o silenciado”. El Papa reconoce la responsabilidad que le cabe a la Iglesia, a algunos obispos que no actuaron diligentemente, para evitar el daño causado a tantas víctimas: “con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando...”. En varias ocasiones el papa Francisco, en nombre de la Iglesia, ha pedido perdón públicamente por los graves hechos cometidos por sacerdotes y personas consagradas respecto al abuso sexual a menores. Sin ningún tipo de ambigüedades, el papa Francisco nos dice en su Carta que “es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables” (Carta del papa Francisco al Pueblo de Dios).

Lo antes señalado, echa por tierra las falsas acusaciones que se han hecho contra el santo Padre, en el sentido que habría mostrado pasividad o tolerancia con algunos altos clérigos. Hay quienes, en lugar de solidarizarse con el dolor de las víctimas y apoyar la medidas que está tomando el papa Francisco, pretenden aprovechar ese doloroso momento que atraviesa la Iglesia para enfilar sus críticas destructivas contra el Papa, pidiendo incluso su renuncia. En el caso, por ejemplo del ex cardenal McCarrick, el arzobispo Carlos María Abiganó, a través de un documento hecho público, pretendió desacreditar al papa Francisco respecto a la forma cómo abordó el caso de McMarrick. El Papa, desde luego, dada su investidura como pastor universal, no puede entrar en polémica con sus detractores, no necesita ejercer su defensa frente a cualquier tipo de infamias; sus hechos acompañan sus palabras.

El santo Padre, sin buscarlo adrede, se ha enfrentado a grupos de poder, dentro y fuera de la Iglesia. Como creyentes estamos convencidos que las fuerzas del mal no prevalecerán sobre la Iglesia (Cf., Mt 16, 18), después de esta tempestad volverá la calma. En realidad las fuerzas del mal contra las que es más difícil luchar no son las que actúan desde fuera de la Iglesia sino desde dentro. Todos los católicos debemos cerrar filas en torno a la figura de nuestro pastor, el papa Francisco, respaldando las medidas que está tomando contra todos los abusadores de menores. El Papa nos invita a un camino de purificación, conversión y penitencia. Ese camino exige la cooperación de todos.

Los abusos sexuales de menores no solamente son gravísimos pecados, sino también, al mismo tiempo graves delitos tipificados como tales en las legislaciones penales de los países. Las autoridades judiciales deben cumplir su rol, en caso de delitos cometidos por clérigos, sin ningún régimen de excepcionalidad, en igualdad de condiciones con aquellos que no ostentan la condición de clérigos (pues la ley es igual para todos). Independientemente de la acción penal, la Iglesia debe proceder, en los casos comprobados, a la expulsión del estado clerical. No se puede, en nombre de una mala entendida “actitud misericordiosa” proteger a ningún abusador, independientemente de si es sacerdote, obispo o cardenal, o considerar los actos de abuso sexual contra menores solo como “pecados graves” (pero no como delitos), mandándoles simplemente a que lleven una vida retirada de “oración y penitencia”. Quienes incurren en dichos actos deben ser puestos también a disposición de la justicia. Los procedimientos canónicos de la Iglesia no se contraponen a los procedimientos civiles y penales establecidos en las leyes de los Estados. El clérigo abusador sexual, puede recibir tanto una condena canónica como una civil y otra penal. Por otra parte, es necesario destacar también las acciones preventivas para evitar que se vuelva a producir cualquier forma de abuso contra los menores y más vulnerables. El papa nos habla de la “tolerancia cero” frente a los abusos.

Cabe indicar también que no debemos dejarnos influenciar por el interés mediático de algunos medios de comunicación social que tienden a destacar los hechos más negativos, distorsionando la realidad, presentándonos una falsa imagen de la Iglesia, como si la mayoría de los pastores fueses abusadores de menores. En la Iglesia también brilla la multitud de las santos (aquellos que han sido oficialmente reconocidos y aquellos santos anónimos); es su luz más potente que cualquier oscuridad. Gran dolor también sienten sacerdotes inocentes, vilmente estigmatizados sin estar inmersos en ningún hecho delictivo por abuso contra menores; varios de ellos han sido objeto de denuncias calumniosas. El papa Francisco ha hecho notar esos casos en los cuales se acusa malintencionadamente a algunos sacerdotes vulnerándose un principio fundamental del derecho penal: la presunción de inocencia, según el cual nadie es culpable sin que se haya demostrado su culpabilidad en juicio justo, respetando el debido proceso. Algunos medios de comunicación, como dice el papa Francisco, “comienzan a crear un clima de culpabilidad”, contribuyendo a un ambiente hostil contra los acusados. Los medios de comunicación deben cumplir con su deber de informar, no de manipular a la opinión pública o tratar de influir sobre los jueces; “quienes informan deben partir siempre de la presunción de inocencia, diciendo las propias impresiones, dudas, pero sin dar condenas” (Conferencia de Prensa del Santo Padre durante el vuelo de regreso a Roma, del 26 de agosto de 2018). Cuando los sacerdotes falsamente acusados son absueltos por la justicia humana, nadie puede reparar el daño mediático que se les ha causado y las humillaciones que han sufrido.





A Path of Purification for the Church

By FATHER LORENZO ATO

One of the things that produces the most scandal among the faithful are the grave sins or crimes of their religious authorities, who are called to lead by example, so that what Jesus says in the Gospel about the scribes and Pharisees will not be applied to them: "Do what they say, but not what they do" (Mt 23, 3). The old Latin adage "Corruptio optima pessima" ("the corruption of the best is the worst") is, in some way, applicable to clerics (including bishops and cardinals) who commit sexual abuse against minors. The Church, certainly, is not the "Church of the pure," as claimed by the so-called "Cathars" (considered heretics); it is the Holy Church, but it is also the Church conformed by sinners in permanent need of conversion.

Pope Francis has courageously assumed the challenges that, as a consequence of sexual abuse, affect the credibility of the Church and generate indignation in believers and non-believers alike. In the Letter of Pope Francis to the People of God (August 20, 2018), he talks about the "suffering experienced by many minors because of sexual abuse, power and conscience committed by a notable number of clerics and consecrated persons." It is about, the Pope tells us, "a crime that generates deep wounds of pain and powerlessness, first of all in the victims, but also in the relatives and in the whole community, whether they are believers or non-believers." The Pope does not minimize the seriousness of these events, nor does he seek to seek any kind of justification. On the contrary, he points out that "this pain of the victims is a moan that cries out to heaven, reaches the soul and was ignored for a long time, silent or silenced.” The Pope recognizes the responsibility that belongs to the Church, to some bishops who did not act diligently, to avoid the damage caused to so many victims: "With shame and repentance, as an ecclesial community, we presumed that we did not know what to do, that we did not act in time recognizing the magnitude and seriousness of the damage that was being caused..." On several occasions, Pope Francis, in the name of the Church, has publicly apologized for the grave acts committed by priests and consecrated persons with regard to the sexual abuse of minors. Without any ambiguities, Pope Francis tells us in his letter that "it is imperative that as a Church we recognize and condemn with sorrow and shame the atrocities committed by consecrated persons, clerics and even by all those who had the mission of watching and caring to the most vulnerable" (Letter of Pope Francis to the People of God).

These statements overturn the false accusations that have been made against the Holy Father, alleging that he would have shown passivity or tolerance with some high clerics. There are those who, instead of showing solidarity with the pain of the victims and supporting the measures that Pope Francis is taking, try to take advantage of that painful moment that the Church is going through to address its destructive criticisms against the Pope, even asking for his resignation. In the case, for example, of former Cardinal McCarrick, Archbishop Carlo María Viganó, through a document made public, sought to discredit Pope Francisco regarding the way he dealt with the case of McCarrick. The Pope, of course, given his investiture as a universal pastor, cannot enter into controversy with his detractors. He does not need to defend himself against any kind of infamy; his deeds accompany his words.

The Holy Father, without seeking it deliberately, has confronted power groups, inside and outside the Church. As believers we are convinced that the forces of evil will not prevail over the Church (Cf., Mt 16, 18). After this storm, the calm will return. In reality, the forces of evil, against which it is more difficult to fight, are not those that act from outside the Church but from within. All Catholics must close ranks around the figure of our pastor, Pope Francis, supporting the measures he is taking against all child abusers. The Pope invites us to a path of purification, conversion and penance. That path demands the cooperation of all.

The sexual abuse of minors is not only a very serious sin, but also, at the same time, serious crimes typified as such in the criminal legislation of the nations. The judicial authorities must fulfill their role in case of offenses committed by clerics, without any type of exceptionality, on equal terms with those who do not hold the status of clergy (since the law is the same for everyone). Regardless of the criminal action, the Church must proceed, in proven cases, to the expulsion from the clerical state. We cannot, in the name of a misunderstood "merciful attitude" protect any abuser, regardless of whether he is a priest, bishop or cardinal, or consider the acts of sexual abuse against children only as "serious sins" (but not as crimes), simply asking them to lead a retired life of "prayer and penance." Those who commit such acts must also be brought to justice. The canonical procedures of the Church do not contradict the civil and criminal procedures established in the laws of the States. The sexual abuser cleric may receive both a canonical and a civil and a criminal conviction. On the other hand, it is also necessary to highlight the preventive actions to avoid the recurrence of any form of abuse against children and the most vulnerable. The Pope speaks of "zero tolerance" against abuses.

It should also be noted that we should not be influenced by the sensationalism of some media of social communications that tend to highlight the most negative facts, distorting reality, presenting a false image of the Church, as if most of the pastors were abusers of children. In the Church, there also shines the multitude of saints (those who have been officially recognized and those unproclaimed saints). Their light is more powerful than any darkness. Great pain is also felt by the innocent priests, viciously stigmatized without being involved in any criminal act of abuse against minors. Several of them have been the subject of slanderous denunciations. Pope Francis has noted those cases in which some priests are maliciously accused of violating a fundamental principle of criminal law: the presumption of innocence, according to which no one is guilty without having his guilt proven in a fair trial, respecting the due process. Some media, as Pope Francis says, "Set out to create a climate of guilt," contributing to a hostile environment against the accused. The media must comply with its duty to inform, not to manipulate public opinion or try to influence the judges. "Those who inform must always start with the presumption of innocence, stating their own impressions, doubts, but without giving condemnations" (Holy Father's Press Conference during the flight back to Rome, August 26, 2018). When falsely accused priests are acquitted by human justice, no one can repair the media damage caused to them and the humiliation they have suffered.

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