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Dios no Hace Acepción de Personas

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En muchos pasajes de la Biblia se pone de relieve el propósito salvífico universal de Dios. El Señor no ha predestinado a nadie a la condenación. Dios no ofrece al hombre dos alternativas: salvación y condenación, sino una sola: Salvación. Él no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Cf., Ez 33,11). Por otra parte, el hecho que eligiera a Israel como el pueblo de las promesas no significa ningún propósito excluyente. Dios ha creado al hombre apara llamarlo a participar de la vida divina; y, por pura benevolencia, ha proveído los medios necesarios para que el hombre pueda alcanzar su fin sobrenatural. Dios, en su infinita bondad y sabiduría ha querido revelarse a sí mismo y “manifestar el misterio de su voluntad” (Concilio Vaticano II, Dei Verbum, 2). A través de la revelación Dios nos comunica su designio salvador. A la revelación divina, el hombre, movido por la gracia, responde con la fe. El Espíritu Santo mueve interiormente al hombre para que pueda responder libremente y acoger la revelación. Dios es quien siempre toma la iniciativa en su diálogo amoroso con el hombre, hablándole como amigo.

San Pablo nos dice que “Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1Tim 2, 4). Es el llamado “principio de la salvación universal”. La salvación, obviamente, no nos viene dada por el sólo hecho de pertenecer a un ‘pueblo elegido’ a una ‘religión verdadera’, la salvación se nos da como don del Señor, por los méritos de Cristo, no por nuestras buenas obras. Nadie se salva sin Cristo, lo sepan o no; pero, por otra parte, la salvación tampoco se impone contra nuestra voluntad, exige una respuesta del hombre movido por la gracia.

El Señor no niega a nadie sus dones; y, como dice el apóstol Pedro: “Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato” (Hch 10, 34ss), no importa de qué pueblo venga ni, finalmente, de qué ‘religión’ sea; esto, sin embargo, no supone la relativización de la fe cristiana en aras de un supuesto ‘ecumenismo’. No significa que da lo mismo ser cristiano católico o no. El ecumenismo no puede implicar la renuncia a la verdad. Lo que se destaca aquí es la fe no es una teoría, sino una praxis, una experiencia de vida fundamental que involucra al hombre entero, su historia, su cultura.

San Pablo, quien se autoproclama “Apóstol de los Gentiles”, en la Carta a los Romanos (Cf., Rm 11, 13ss), pretende provocar los ‘celos’ en quienes recibieron la primera llamada de Dios, el pueblo de la antigua alianza, haciendo notar la acogida generosa de la fe por parte de los gentiles o ‘paganos’; pero, reconoce también que la llamada de Dios es irrevocable, Dios no pretende dejar de lado a los primeros llamados. Él quiere, finalmente que todos los hombres se salven. La conversión de los ‘paganos’ debió suscitar una sana ‘envidia’ entre quienes se sentían los únicos llamados. Algo semejante debería suceder hoy en día: la fe de los pueblos cuya evangelización comenzó en el siglo XVI debería despertar los celos de los cristianos del viejo continente. La Europa, tradicionalmente católica, necesita ser reevangelizada, contagiada de la vitalidad de la fe de quienes en otro tiempo fueron considerados pueblos paganos y que actualmente constituyen la esperanza de la Iglesia. Por primera vez en la historia de la Iglesia, el sucesor de Pedro es un latinoamericano, el papa Francisco.

En el Evangelio (Cf., Mt 15, 21-28), Jesús elogia la fe, no precisamente de los escribas y fariseos de su tiempo sino de algunos paganos, como es el caso de aquella mujer cananea. Los ejemplos de fe y buenas prácticas, que suele utilizar Jesús, resultan realmente provocadores y debieron generar escándalo en quienes se consideraban a sí mismos como los ‘custodios’ de la verdadera fe y las tradiciones. El caso de la mujer cananea no es el único ejemplo; recordemos también el caso del centurión romano de quien dijo Jesús: “Les aseguro que en todo Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande” (Mt 8, 10). En la parábola del buen samaritano (Cf., Lc 10, 29-37), un samaritano es puesto como ejemplo de amor al prójimo. No olvidemos que en tiempos de Jesús los samaritanos eran considerados por los judíos, como “extranjeros”, casi como “paganos”. El evangelista San Juan anota que judíos y samaritanos no se llevaban bien (Cf., Jn 4, 9). Jesús no tiene reparos en reunirse con samaritanos, publicanos, paganos, y personas que no gozaban de “buena reputación”.

En el Evangelio se nos relata ese diálogo entre Jesús y la mujer cananea, en el cual Jesús parece dirigirse a aquella mujer con palabras duras: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos” (Mt 15, 26), como dando a entender que los privilegiados de los dones de Dios son los judíos, palabras que aparentemente tienen un tono discriminatorio. Igualmente, la expresión “sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel” (Mt 15, 24) parecería contradecir el hecho de que Jesús ha venido a salvar a todos los hombres. En realidad, esas palabras puestas en labios de Jesús expresan la mentalidad judía imperante. Jesús, no obstante ser un judío, supera los condicionamientos socio culturales de su tiempo. Su obrar frente a los ‘extranjeros’ o ‘paganos’ demuestra en la práctica que “Dios no hace acepción de personas” (en razón de su pueblo, raza o ‘religión’). Es más, algunos “paganos” resultan teniendo una fe más grande que la de los supuestos ‘creyentes’, como en los ejemplos antes mencionados. Jesús, finalmente, elogió la fe de aquella mujer ‘pagana’: “Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas” (Mt 15, 28). En cambio, refiriéndose a escribas y fariseos que resisten a abrirse al anuncio salvador, les dice que “las publicanos y prostitutas los precederán en el Reino de los cielos” (Mt 21, 31).

La acción misionera de la Iglesia, sin renunciar al anuncio del mensaje salvador y la custodia del ‘depósito de la fe’, debe ser abierta al mundo, sin imponer códigos culturales o modos de pensar y actuar que no son exigencias de la fe. El misionero no sólo lleva la fe, sino que también se la encuentra, el evangelizador resulta evangelizado, pues el espíritu sopla donde quiere. No se trata sólo de ir más allá de nuestras fronteras territoriales para llevar la Buena Nueva, hay que superar nuestras ‘fronteras mentales’, nuestros prejuicios, complejos de superioridad, para poder descubrir no solo las ‘semillas de la fe’ entre los ‘paganos’ sino verdadera fe como aquella de la mujer cananea. Muchas veces, quienes tenemos alguna experiencia evangelizadora, nos hemos encontrado con personas, a quienes pretendíamos supuestamente animar en su fe, resultando animados por ellos, y descubriendo que en realidad tenían una fe más grande que la nuestra. Por otra parte, no debemos olvidar que una fe más ilustrada (con sólidos conocimientos de Biblia y teología) no necesariamente es una fe más grande. Los evangelizadores deben tener siempre la humildad para dejarse sorprender por la fe de los sencillos. 

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