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Entre la Temeridad y Deber de la Caridad

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En el contexto de la epidemia del coronavirus, muchos religiosos y religiosas, sacerdotes y laicos, dedicados al cuidado de los más pobres (proveyéndoles albergue y alimentación, atención médica y espiritual), están dando un heroico testimonio de caridad; sin embargo, algunos se preguntarán ¿No resulta una temeridad exponer innecesariamente la propia vida? ¿No tenemos acaso el deber y el derecho de cuidar nuestra vida, cuidando nuestra salud, no exponiéndonos “imprudentemente” a un contagio con el coronavirus? De hecho, no solo médicos y personal sanitario, sino también muchos religiosos y religiosas, sacerdotes, han muerto contagiados con el letal virus. ¿Cuál es el límite, si se pudiera establecer límites, entre el deber de salvaguardar nuestra vida y ponerla en grave riesgo en el servicio a los más necesitados?

El cardenal Timothy Dolan, arzobispo de la arquidiócesis de New York, nos relata su experiencia al haber participado del funeral de dos hermanas de la caridad el día 25 de abril del presente año (2020). En un Twitter del día 27 de abril, el cardenal Dolan agradece a Dios por el ejemplo de Santa Teresa de Calcuta y la Orden de las Misioneras de la Caridad que ella fundó. Esas hermanas, que tienen un hogar para atender a los pobres en New York (en el Bronx), “continúan sirviendo a los pobres incluso en tiempos difíciles”, señaló el cardenal. Aciprensa informa que “aparte de la tristeza por la pérdida de las hermanas, el Purpurado quedó impresionado al ver que a pesar del riesgo de contraer el virus, las hermanas continuaron con su carisma de servir a los pobres y, además, comentó que una de las difuntas, Sor Francesca, trabajó con Santa Teresa de Calcuta y fue una de las fundadoras de la Orden” (Aciprensa 28 de abril de 2020: https://www.aciprensa.com/noticias).

Con respeto al distanciamiento social – continúa informando Aciprensa-, las hermanas le dijeron al cardenal Dolan durante el funeral lo siguiente: “Todavía tenemos nuestro comedor de beneficencia, y los pobres y las personas sin hogar vienen todos los días”. Para el cardenal – señala la agencia de noticias-, “esta respuesta fue una señal de que, si bien los espacios físicos de la Iglesia pueden estar cerrados, ‘la Iglesia está activa en su amor y servicio a los demás, como esas valientes hermanas que están arriesgando sus vidas’”. Para estas hermanas de la caridad las puertas de la Iglesia están también “físicamente” abiertas, es decir, no solamente oran por los pobres, sino que continúan atendiéndolos en sus casas de acogida y comedores, sin cumplir estrictamente con el distanciamiento social, arriesgándose al contagio y a la muerte, como de hecho así ha sucedido con las dos hermanas que fallecieron. En este punto cabe preguntarse ¿hay una actitud temeraria o “imprudente” por parte de las hermanas al ponerse en grave e inminente riesgo de ser contagiadas con el coronavirus?

El caso que hemos presentado no es, sin duda un hecho aislado, hay muchos ejemplos en diversas partes del mundo, donde los religiosos, pastores, laicos, se exponen “temerariamente” al contagio para cumplir con lo que consideran su misión. Anteponen el amor al prójimo a su propia vida. Aciprensa también informa que “la Comisión Episcopal de Ministerios de la Conferencia Episcopal Argentina agradeció la vocación de servicio de los sacerdotes durante la pandemia del coronavirus COVID-19” (Aciprensa, 27 de abril de 2020). “¡Qué consolador es verlos arriesgando su propia vida junto a los que más sufren, a los más pobres e intentar visibilizarlos para que como sociedad estemos cerca, compartiendo con ellos el pan de cada día! (…) ¡Qué hermosa expresión de fraternidad ha sido verlos preocupados por sus hermanos sacerdotes, manifestando su cariño y cercanía a todos, especialmente a los ancianos y enfermos!” (Citado por Aciprensa). La Comisión - informa Aciprensa-, destacó los “testimonios sacerdotales” que edifican y manifiestan “lo más genuino de la vocación sacerdotal” como los capellanes en hospitales “que no han querido abandonar al caído en el rostro de los enfermos y moribundos, llevándoles el consuelo de la Palabra de Dios y de los Sacramentos” (Citado por Aciprensa).

No hay datos precisos de la cantidad de pastores, religiosos y religiosas, laicos misioneros, que han muerto hasta la fecha como consecuencia de haberse expuesto al contagio con el coronavirus para cumplir lo que pensaron era un deber ineludible de estar con los más pobres. Seguirá, sin duda, aumentando la cifra en el mundo entero. Alguno se preguntará ¿se trata de nuevos mártires de la Iglesia o de “imprudentes” misioneros que no cuidaron su propia vida?

El cristiano sabe que, según el Evangelio, “no hay amor más grande que dar la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Esto no significa, obviamente, que debemos buscar el martirio como demostración de que cumplimos con el mandato de amar al otro incondicionalmente (no solo por ser nuestro “amigo”). La caridad no tiene límites; no hay mayor alegría que gastar nuestra vida en el servicio a los demás. Esto, sin embargo, no anula la obligación que tenemos de salvaguardar nuestra vida, no exponiéndola innecesariamente. Tenemos, por ejemplo, el deber de cumplir con las reglas sanitarias para evitar la propagación del virus, lo contrario sería actuar temerariamente. Ahora bien, en determinadas circunstancias nos podemos encontrar ante el dilema de si debemos actuar teniendo plena conciencia de que nos vamos a contagiar o limitar nuestra actuación para prevenir los riesgos. Se requiere de un discernimiento, no solo de actuar emotivamente.

Hay una frontera difusa entre la obligación que tenemos de no exponer innecesariamente nuestra vida y la obligación de ayudar a los otros. La fe nos ayuda a visualizar esa frontera.  ¿Desde qué perspectiva y con cuáles argumentos podríamos afirmar que en un caso se trata de “temeridad” o “imprudencia” y en otro caso de de aquella necesidad de dar un testimonio valiente de entrega de la propia la vida? ¿Qué es lo que realmente quiere el Señor en circunstancias bien concretas como el caso de la pandemia que azota al mundo entero? ¿Debemos acaso buscar conscientemente “convertirnos en mártires”? Desde el Evangelio podemos afirmar con certeza que lo que Dios quiere es que seamos fieles a nuestra vocación y misión. Si para vivir esa fidelidad tenemos que llegar hasta el martirio, entonces debemos asumirlo. El martirio no puede ser querido y buscado directamente, lo que debemos buscar directamente es practicar la caridad, en una entrega generosa al servicio de los más pobres. No hay reglas claras que valgan para todos los casos y situaciones. No podemos juzgar desde fuera si un cristiano traspasó los límites de la prudencia exponiéndose innecesariamente en el servicio a los demás, o si su acción responde a la firme convicción de que se tenía que obrar de esa manera. De cualquier modo, resulta preferible poner nuestra vida en riesgo por practicar la caridad, a la inacción por temor al contagio. La inacción, la indiferencia ante el dolor humano, no pueden ser queridos por Dios. Finalmente, cada uno debe tomar una decisión desde su conciencia, desde la oración, desde su encuentro, que es lo que Dios le pide en su santa voluntad, es decir un sano discernimiento, teniendo la obligación de informarse debidamente.

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