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Hacia una Cultura de la Paz y Solidaridad Mundial

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Es posible hacer realidad la utopía de la paz y solidaridad mundial? En principio una utopía, no es una falsa conciencia, sino un ideal motivador para la acción, ideal basado en una visión crítica y cuestionadora de un orden existente con el cual no se está conforme. Todos los hombres necesitamos de utopías que dinamizan nuestra vida y nos motivan a un compromiso.

Desde Platón (en “La República”), pasando por San Agustín (“La Ciudad de Dios”), Tomás Moro y otros tantos utopistas, siempre ha existido el deseo utópico de construir una sociedad donde impere la paz, la justicia, la fraternidad. Muchos proyectos utópicos (utopías políticas) han desembocado en totalitarismo de diversa índole. El socialismo marxista, por ejemplo, también propugnó una sociedad sin clases; pero, esos modelos socialistas, que se concretaron en proyectos políticos en varios países, han terminado en el fracaso. No obstante, los fracasos históricos del socialismo, no se ha derrumbado la utopía de una sociedad más justa y solidaria. El pensamiento utópico ha decaído, pero no ha desaparecido ni desaparecerá de la historia humana.

En una sociedad clasista e inequitativa el grupo dominante, y los que ejercen los poderes fácticos, siempre van a defender el “orden existente” oponiéndose a transformaciones y cambios del statuo quo. Las utopías, a diferencia de las ideologías, como decía K. Mannheim en su libro “Ideología y Utopía”, buscan transformar la realidad histórica existente con algo que esté más de acuerdo a las propias concepciones de quienes propugnan el cambio; sin embargo, resulta difícil determinar concretamente lo que en un determinado caso deba ser considerado como utópico o como ideológico. Lo cierto es que el hombre no puede vivir sin ‘utopías’, pues siempre necesita creer en algo que le motive a actuar y encontrar sentido a lo que hace. El hombre no puede renunciar a la búsqueda de sentido.

Los cristianos también vivimos de una ‘utopía’, la utopía de un mundo mejor, una sociedad donde impere la justicia y la paz; creemos que vendrá “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Cf., Is11, 6-9; 25, 8; 35, 5-6; 65, 17; Ap 21, 1; Rm 8, 20 ss; 2Pe 3, 13). Esa ‘utopía cristiana’ es fundamentalmente ‘esperanza cristiana’, basada en las promesas de Dios. Es la esperanza la que nos anima, nos motiva, da sentido a nuestros sacrificios, trabajos, nos da la fuerza para soportar las tribulaciones, nos da la alegría. La utopía cristiana es de profundas raíces bíblicas. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, el profeta Isaías vislumbraba un futuro mesiánico que expresa las esperanzas de la humanidad; nos habla de una paz y armonía, de la superación de la guerra y división entre los hombres: “De las espadas forjarán arados, de las lanzas podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra.” (Is 2, 4). Este ideal bíblico de la paz está muy presente en la historia como aspiración humana nunca realizada.

El ideal de la paz se contrapone a la visión belicista del mundo contemporáneo que parece regirse por el falso principio: “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Después de las dos guerras mundiales con sus consecuencias catastróficas de pérdida de millones de vidas humanas, el mundo quedó consternado. Los líderes mundiales, al concluir la segunda guerra mundial, decidieron crear un organismo internacional con la finalidad sea mantener la paz mundial y la seguridad de los Estados miembros, fue así como el 24 de octubre del año 1945 nació la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

En ocasión del 75° aniversario de la ONU el para Francisco ha enviado un video mensaje dirigido a dicho organismo, en el cual plantea una diversidad de cuestiones. En dicho mensaje el Papa reitera del deseo de la Santa Sede para que la ONU sea “un verdadero signo e instrumento de unidad entre los Estados y de servicio a la entera familia humana”. El papa describe la crisis actual generada por la pandemia del Coronavirus, con devastadoras consecuencias, que ya ha cobrado miles de vidas humanas. La pandemia—dice el papa Francisco en su mensaje a la ONU—“ha puesto de relieve la urgente necesidad de promover la salud pública y de realizar el derecho de toda persona a la atención básica”. En esa dirección, el papa Francisco hace un llamado urgente a los responsables políticos para que tomen las medidas adecuadas y se garantice el acceso a las vacunas contra el Covid-19, así como la atención a los enfermos. Si hay que privilegiar a alguien—dice el Papa—“que ese sea el más pobre, el más vulnerable, aquél que normalmente queda discriminado por no tener poder ni recursos económicos”.

La solidaridad no puede ser una promesa vacía, o una mera declaración de un buen deseo. Se cuestiona que muchos organismos, entre ellos la ONU, caigan en excesos declarativos. Hay que evitar caer—como señala el Papa—en un “nominalismo declaracionista con efecto tranquilizador de conciencias”. No bastan los buenos propósitos expresados para logra la paz mundial y el compromiso solidario, pues pueden quedarse en meras declaraciones cuando no existe un compromiso real de los gobernantes y no se establecen mecanismos específicos para llevarlos a la práctica de modo eficaz. El Papa, como en muchas otras ocasiones, cuestiona severamente la llamada cultura del descarte, la falta de respeto por la dignidad humana, las visiones ideológicas reduccionistas de la persona humana y de la sociedad. La comunidad internacional—dice el Papa—tiene que esforzarse para terminar con las injusticias económicas, proteger a la niñez, a la mujer, a los más vulnerables de la sociedad. Los Estados individuales no pueden eludir sus responsabilidades y compromisos. La crisis actual no solo es un problema, sino también una oportunidad para replantearse la visión imperante del hombre y del mundo, los modelos económicos; oportunidad para reflexionar sobre la condición humana frágil por naturaleza y la impostergable necesidad de la cooperación mundial. La crisis actual—dice el papa Francisco—es una oportunidad: “Es una oportunidad para la ONU, es una oportunidad de generar una sociedad más fraterna y compasiva”.

Es necesario abandonar la ideología armamentista que se inspira en el falso axioma según el cual: “Si queremos la paz debemos prepararnos para la guerra”. Es necesario romper—dice el Papa—el clima de desconfianza existente: “Nuestro mundo en conflicto necesita que la ONU se convierta en un taller para la paz cada vez más eficaz, lo cual requiere que el Consejo de Seguridad, especialmente los permanentes, actúen con mayor unidad y determinación”. Al final de su mensaje el papa Francisco señala que “de una crisis no se sale igual: o salimos mejores o salimos peores”. No tenemos otra opción: o nos comprometemos todos para salir mejores de esta crisis, o rehuimos el compromiso y terminamos en una situación peor. La pandemia generada por el Covid-19 ha puesto en evidencia nuestra común fragilidad, los límites de la condición humana, y también la nuestra autosuficiencia o excesiva confianza en el poder de la ciencia; pero, no hemos perdido la posibilidad de ser mejores, más humanos, más solidarios: “La pandemia nos ha mostrado que no podemos vivir sin el otro, o peor aún el uno contra el otro”.

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