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Justicia y Gratuidad

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Uno de los temas teológicos que generan mucha controversia es el referido a la gracia y mérito. El mérito está relacionado con el tema de una justicia de carácter retributiva o distributiva. Por otra parte, la gracia de Dios desborda la justicia, así como todos nuestros cálculos y previsiones. Tenemos que aceptar que no siempre podemos comprender los planes del Señor, tampoco podemos poner límites a su generosidad que muchas veces nos resulta desconcertante.

El Señor nos dice a través del profeta Isaías: “Mis planes no son vuestros planes, mis caminos no son vuestros caminos” (Is 55, 8), es decir: no podemos meter a Dios en nuestros esquemas mentales, comprender su modo de obrar, pretender que actúe como nosotros quisiéramos, e incluso darle consejos. No nos hagamos la ilusión de querer que los caminos del Señor coincidan con los nuestros, que sus pensamientos estén de acuerdo con los nuestros. Dios no se adapta a lo que tú piensas, por ello tienes que renunciar a tus medidas, a tus previsiones, a tus cálculos y ponerte totalmente en sus manos.

El Evangelio nos presenta varios ejemplos en los cuales se evidencia la gratuidad de Dios que cuestiona nuestra idea de justicia y mérito; por ejemplo, la parábola de los obreros de la viña (Cf., Mt 20, 1-16). Allí se nos habla de los obreros de la viña convocados a distintas horas para trabajar: el dueño contrató a unos al amanecer, a otros a las nueve de la mañana, otros a las doce del día, otros a las tres de la tarde, otros ya casi al caer el sol. Estos últimos trabajaron solo una hora, mientras que los primeros habían trabajado todo el día. Si juzgamos según nuestros criterios y preguntamos ¿Quiénes deben ganar más? Quizá todos responderán: “los que han trabajado más”; pero, el Señor de la parábola, que representa a Dios, les pagó a todos por igual. Con los primeros había llegado a un acuerdo sobre el salario, pero no con los demás.

Dice la parábola que los que habían trabajado todo el día protestaron; pero ¿Por qué protestaron?, no porque les hayan pagado incompleto su jornal, pues recibieron el monto acordado, sino porque a los otros les pagaron igual, es decir: sentían envidia por la generosidad del dueño para con los otros. Quizás hubieran estado dispuestos, incluso, a recibir menos de su jornal con tal de que los otros recibieran menos que ellos.

El hombre habla de justicia, con sus códigos y reglas, pero Dios nos quiere hacer entender “que su justicia es superior a la nuestra”, “que nuestras leyes no son sus leyes”. Ante Dios no es cuestión de sacar a relucir nuestros méritos, ni nuestro tiempo de servicios, ni la calidad de nuestro trabajo. Así como nos llama libremente a trabajar en su campo, por pura generosidad, también su recompensa no depende de nuestros cálculos minuciosos, de nuestras aportaciones sino de su bondad. La alegría de Dios es dar sin medida, dar sus dones con total libertad.

Hay personas religiosas que no dudan en aceptar muchos misterios de la fe, pero se escandalizan ante la generosi­dad de Dios, les produce una crisis de fe, no pueden admitir que Dios pueda actuar al modo del Señor de la parábola, quebrando con lo que ellos entienden por justicia, derecho. Hay gente que ante el mal que sufre puede resignarse y pensar que es “voluntad de Dios”; pero, no son capaces de aceptar que Dios sea generoso con los “no lo merecen”, como les sucedió a los trabajadores de la parábola que protestaron por la bondad del Señor con los que habían trabajado poco. Si sentimos envidia por la generosidad de Dios para con quienes nosotros pensamos que no lo merecen, entonces no hemos comprendido a Dios, o el Dios en quien creemos no es el Dios de la Biblia. En mi ministerio de las cárceles, de hace muchos atrás más de uno expreso su conversión y arrepentimiento de tal modo que tenía el deseo grande ser religioso en la vida consagrada, pero el hecho de su vida, nunca fueron considerados candidatos  a lo que pueda ser que Dios les podría tener en su plan, o en su deseo de hacerles sus siervos cercanos y seguidores como Dimas en la cruz.

Podríamos citar otros ejemplos en donde se pone de relieve esa generosidad, esa misericordia del Señor, que puede escandalizar a muchos que se consideran como “obreros de la primera hora”. En la parábola del hijo pródigo (Cf., Lc 15, 11-31), la actitud del Padre para con el hijo menor que había despilfarrado sus bienes: le hizo una gran fiesta cuando volvió. El caso del ladrón arrepentido a último momento en el calvario (Cf., Lc 23, 39-43). Algunos pensarán que el conocido como “buen ladrón”, es un santo que no puede ser puesto como ejemplo para nadie, pues no se ganó “en justicia” la recompensa, había llevado una “mala vida” y en los últimos minutos de su existencia terrena se ganó el cielo “sin ningún sacrificio”; tal vez por eso sea que “Dimas” (como se le conoce popularmente al ‘buen ladrón’ que murió junto a Jesús) no aparece en el santoral, no tiene una fiesta propia en el calendario litúrgico. Es que Dios es desconcertante, sus pensamientos no son nuestros pensamientos, sus criterios no son nuestros criterios.

Dios nos llama a trabajar en su campo a todos por igual, en cualquier etapa de nuestra vida; Él quiere necesitar de nuestro trabajo para extender su Reino y todos estamos llamados a responder a esa invitación. Dijo el Señor de la parábola a los que estaban sin trabajar al atardecer: “¿Por qué están allí el día entero sin trabajar?”, “vayan también a trabajar”, no importa que quede poco tiempo para que se acabe la jornada, siempre habrá algo que hacer, el trabajo no se agota. “No hay lugar para el ocio: tanto es el trabajo que a todos espera en la viña del Señor. El ‘dueño de la casa’ repite con más fuerza su invitación: ‘Id vosotros también a mi viña’” (Christifideles Laici, 3). Cuando oscureció, es decir, al final de la existencia, el Señor dio a todos su paga; y hasta los que trabajaron solo una hora recibieron igual que los que trabajaron todo el día. Esto, por supuesto, no quiere decir que tengas que esperar hasta estar ancianos para trabajar por el Señor; podría llegarte la noche en cualquier momento y, de repente, no haber trabajado ni un minuto de tu vida en la obra del Señor.

Como lo hemos mencionado, con Dios no es cuestión de sacar cuentas, no se trata de buscar trabajar lo menos posible y ganar lo más que se pueda. El gozo no está solo en la recompensa sino en el trabajo mismo que hacemos por el Señor, por ello, cuanto más y mejor trabajes más feliz te sentirás. Es necesario saber alegrarse de los logros del otro, de la felicidad del otro; es necesario desbaratar nuestras cuentas, nuestros cálculos, para poder aceptar la generosidad de Dios para con aquellos que, de repente, pensamos no lo merecen. Con Dios no es cuestión de merecimientos sino de gracia. Hay que ser generosos en las cosas de Dios, pues, como dice la Escritura: “Hay más felicidad en dar que en recibir” (Hch 20, 35b), “Dios ama al que da con alegría” (2Cor 9, 7). Además, “Dios no se deja ganar en generosidad”. Hay que dar a Dios de nuestro tiempo, de nuestra vida; y damos a Dios en la medida que nos damos a los demás y derrochamos generosidad.

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