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La Eucaristía como Misterio de Fe

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La Eucaristía ocupa en lugar especialísimo dentro de los siete sacramentos, pues en ella no sólo se nos confiere la gracia, sino que se hace presente el mismo autor de la Gracia, Jesucristo, quien nos comunica los méritos de su acto redentor para nuestra salvación en el Hoy de nuestra historia humana. En ese sentido, ya desde el siglo VI la eucaristía ha sido llamada “el sacramento de los sacramentos”, el “misterio de los misterios”.

Podemos acercarnos a la Eucaristía desde distintas perspectivas, las cuales, desde luego, no son excluyentes. La Eucaristía es al mismo tiempo sacrificio y sacramento, sacrificio y banquete. El Concilio Vaticano II, en la Constitución “Sacrosanctum Concilium” nos dice que la liturgia es el centro y culmen de la vida cristiana (Cf., SC, 10). No se puede hablar de una auténtica y plena vida cristiana sin Eucaristía. La Eucaristía constituye el misterio central de la liturgia. La Eucaristía nos remite a Cristo, nos da a Cristo mismo en persona; por tanto: hablar de la Eucaristía es hablar de Cristo.

El punto de partida para la comprensión de la Eucaristía, como Misterio estricto de nuestra fe, es la Última Cena histórica de Jesús, tal como nos es relatada en la Escritura, particularmente en el relato paulino más primitivo (Cf., 1Cor 11, 23-25). Dicha Cena no puede quedar reducida a una “comida” de Jesús con sus discípulos, sino que tiene el sentido de una “comida pascual”. Por otra parte, no se puede entender el verdadero sentido de esa Cena Pascual sin referencia al acontecimiento histórico de la muerte de Cristo en la cruz. Esto significa tomar conciencia también que dicha muerte tiene un sentido sacrificial salvador, y no puede ser considerada como el final abrupto o trágico de una existencia humana.

El primer escrito post bíblico que trata de la Eucaristía es la Didakhé o “Doctrina de los doce Apóstoles” (escrito de un autor desconocido del siglo II). Allí se habla de la Eucaristía como sacrificio, también se refiere a ella como “lo santo” (Didakhé 9, 5). La Eucaristía fue entendida por los primeros Padres de la Iglesia como un misterio de fe. Desde el principio la Eucaristía ha sido considerada como la suprema acción cultual de la Iglesia, enfatizándose la celebración de toda la comunidad presidida por un ministro.

El papa Inocencio III, en el año 1202, refiriéndose a la Eucaristía como Mysterium fidei (Misterio de fe), explica: “Se dice misterio de fe, porque se cree algo distinto de lo que puede verse, y se ve algo distinto de lo que se ha de creer. Pues se ve la especie de pan y vino, y se cree la verdad de la carne y de la sangre de Cristo, así como la virtud de la unidad y la caridad” (Dz, 414). Nos dice que se debe distinguir entre tres cosas distintas en este sacramento: La forma visible (el pan y el vino), la verdad del cuerpo y sangre de Cristo, y la virtud espiritual (unidad y caridad).

El papa Pablo VI, al finalizar el Concilio Vaticano II (en el año 1965), escribió una encíclica “Sobre la doctrina y culto de la Sagrada Eucaristía” con el título de Mysterium Fidei. En dicha encíclica el Papa pone en alerta contra la pretensión del racionalismo de la fe. Subraya que la eucaristía es un “altísimo misterio”, es “misterio de fe”, el modo de acercarse a ese misterio es a través de la fe. “Es, pues, necesario que nos acerquemos, particularmente a este misterio, con humilde reverencia, no buscando razones humanas que deben callar, sino adhiriéndonos firmemente a la revelación divina” (Encíclica Mysterium Fidei: La eucaristía es un misterio de fe).

Si bien es cierto que la Eucaristía es un Misterio de Fe, es decir, que escapa a cualquier intento de racionalización reductiva; sin embargo, la inteligencia de la fe nos lleva necesariamente a una reflexión teológica (teología especulativa) que busca entender lo que se nos dice en la teología positiva (el contenido de la fe). Sigue siendo válido el principio: “Fides quaerens intellectum, intellectus quaerens fidem” (la fe busca ser entendida, y el entendimiento busca la fe). Esto es muy cierto, y desde los primeros siglos los Padres de la Iglesia intentaron desarrollar una teología sobre la Eucaristía.

Para entender la Eucaristía como sacrificio hay que considerar el “sacrificio” no desde una perspectiva de los sacrificios paganos, como inmolación cruenta de una víctima que se ofrece a los dioses ávidos de sangre. Es cierto que el Nuevo Testamento no aplica el término “sacrificio” a la eucaristía; pero ésta tiene un contexto “sacrificial” vinculada al sacrificio de Cristo en la cruz. Las circunstancias de la institución de la Eucaristía apuntan inequívocamente a su carácter sacrificial. Hay que tener en cuenta que los fines del sacrificio son: expiación por los pecados, reconciliación con Dios, adoración, entrega y comunión con Dios.

El Concilio de Trento, en la Sesión XXII, de septiembre de 1562, precisó la doctrina de la Tradición que considera a la misa como verdadero sacrificio, allí se nos dice que el sacrificio de la misa es un sacrificio verdadero y propio, no puede ser reducido a un banquete de Cristo; pero el sacrificio de la misa es un “sacrificio relativo” en comparación con el único sacrificio de Cristo en la cruz (“sacrificio absoluto”). Trento aclara que el único sacrificio de la nueva alianza, real e independiente, es el sacrificio que Jesucristo ofreció en la cruz (sacrificio cruento), ese mismo sacrifico se hacer presente, o actualiza incruentamente, en la misa para nuestra salvación. “Y porque este divino sacrificio, que en la Misa se realiza, se contiene e incruentamente se inmola aquél mismo Cristo que una sola vez se ofreció Él mismo cruentamente en el altar de la cruz (Hebr. 9, 27); enseña el santo Concilio es verdaderamente propiciatorio...” (Dz, 940).

En la doctrina de Trento se precisa que el sacrificio de la misa no es solamente un sacrificio de alabanza y de acción de gracias, o mera conmemoración del sacrificio cumplido en la cruz, sino verdadero sacrificio propiciatorio que puede ser ofrecido por los vivos y los difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades (Cf., Canon 3, Dz. 950). La misa, pues, es un sacrificio de alabanza y acción de gracias, sacrificio de impetración y sacrificio de expiación. No hay que olvidar que es fruto de la eucaristía el encuentro personal con Cristo.

Queda claro que hay diferencias entre el sacrificio de Cristo en la cruz y el sacrificio de la misa. El sacrificio de la cruz es absoluto y único, el de la misa es relativo y múltiple; el sacrificio de la cruz es una ofrenda cruenta, el de la misa es ofrenda incruenta; en el sacrificio de la cruz se opera la obra de nuestra redención de una vez para siempre, en el sacrificio de la misa se nos aplica para nosotros los méritos redentores del sacrificio de la cruz. Igualmente, el sacrificio de la misa se diferencia de la última Cena: en la Cena tuvo lugar la institución y el mandato de ofrecer el sacrificio, mientras que en el sacrificio de la misa sólo se trata de cumplir y ejecutar.

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