Si Escuchas Su Voz

La Fe de la Hemorroísa

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El Evangelio de Marcos nos narra el conocido pasaje de la curación de una hemorroísa (Cf., Mc 5, 25-34). La escena se desarrolla cuando Jesús va en camino hacia la casa de Jairo (un jefe de la Sinagoga), quien había implorado a Jesús para que imponga las manos y cure a su pequeña hija que estaba muy grave y a punto de morir. Jesús, movido por la compasión, no desoye el pedido de aquel padre angustiado, sino que se va con él hasta donde se encuentra la niña. El evangelista relata que un gran gentío seguía a Jesús. Es en esas circunstancias que una mujer se abre paso entre la multitud con el propósito de acercarse a Jesús y lograr tocar su manto, con la esperanza de ser sanada de las hemorragias que padecía desde hacía doce años. Esta mujer no se atreve a dirigirse a Jesús y pedirle que la cure, como se pudiera haber esperado; quizá por temor o sentimiento de indignidad. Quizá hasta llegó a pensar que Jesús no la escucharía, más aún cuando iba de camino para atender el pedido de un personaje importante (el jefe de la Sinagoga). Esta humilde mujer piensa que será suficiente con acercarse sin ser descubierta y tocar el manto de Jesús. Pensaba tal vez que ni el mismo Jesús se daría cuenta de eso en medio de tanta gente que lo apretujaba. Quería ser curada y pasar totalmente inadvertida.

La descripción del hecho milagroso, que hace el evangelista Marcos, pone en evidencia muchos elementos presentes en la religiosidad popular de la gente sencilla. Aquella mujer, conocida simplemente como la “hemorroísa”, cansada de recurrir a los médicos sin encontrar la salud, va en busca de Jesús, se acerca a Él y al menos quiere tocar su manto esperando que algún poder milagroso emane de él. De hecho, muchas personas, también en la actualidad, buscan ‘tocar’ algo al que atribuyen un poder curativo, un manto sagrado, una imagen, una reliquia o cualquier objeto.

Algunos críticos racionalistas ven en esas actitudes solo superstición y magia. Ciertamente, allí donde no interviene la fe en Dios se desvirtúa el sentido de lo religioso y podemos caer en la magia y superstición; pero este es un peligro para todos, no solo para la gente que vive la piedad popular y rinde culto a las imágenes. En varias situaciones no resulta fácil deslindar claramente las fronteras entre actitudes movidas por la fe y actitudes movidas por la superstición, con frecuencia pueden entremezclarse. No hay que juzgar apresuradamente las actitudes de la gente sencilla que se acerca, por ejemplo, a las imágenes de los santos, cogen sus mantos y se frotan sobre la parte adolorida de su cuerpo. Los símbolos religiosos (entre ellos las imágenes), los cuales deben ponernos en contacto con lo sagrado o numinoso y trascedente, pueden en algunos casos desvirtuarse; pero ese no es en realidad el principal peligro. El mayor peligro no es que la gente sencilla convierta las imágenes religiosas en “ídolos” sino que el que proviene de los modernos “extirpadores de idolatrías”, es decir de aquellos que quisieran una religión sin imágenes ni símbolos. El ser humano, en realidad, no puede prescindir de los símbolos, los cuales están arraigados en la cultura de todos los pueblos. Los que viven un catolicismo ilustrado no están libres de caer en alguna forma de “idolatría” (la idolatría del dinero, la idolatría del poder, la fama, la vanagloria).

En el caso de la hemorroísa del Evangelio, se trata de una mujer que tiene fe, no obstante que esa fe esté mezclada con creencias populares que para algunos son ‘supersticiones’. Jesús no mira simplemente los actos externos sino el corazón de sus interlocutores, y cuando constata que allí hay fe acoge sus súplicas. Jesús se deja mover por la compasión, el sentido humano; pero, tampoco quiere que se le tome como una especie de curandero o ‘milagrero’. Jesús ha venido a inaugurar el Reino de Dios, a traernos la salvación. Sus signos milagrosos se enmarcan en el contexto de su mensaje liberador. Jesús ha venido a liberar al hombre de todo aquello que lo esclaviza, que no le permite desarrollarse como persona integralmente. La peor esclavitud del hombre es, obviamente, el pecado y sus consecuencias. Entiéndase el pecado en todas sus dimensiones: personal, social, estructural. Dios viene a salvar al hombre entero.

Jesús no centra su atención en las ‘creencias’, quizá mezcladas de superstición, de aquella mujer. Jesús no pretende que aquella mujer tenga una ‘fe pura’, le basta la fe sencilla y poco ilustrada. Por otra parte, ¿Quién puede presumir de tener una ‘fe pura’ sin ninguna mezcla de superstición o de falsas creencias?, ni siquiera los teólogos más ilustrados pueden presumir de eso. La fe sencilla de aquella mujer fue suficiente para que Jesús se fijara en ella y obrara el milagro. En medio de la multitud que lo apretujada (situación que había sido hábilmente aprovechada por la mujer para tocar el manto de Jesús), preguntó Jesús: “¿Quién me ha tocado los vestidos?” (Mc 5, 30). La pretensión de Jesús no era identificar a la persona para encararle una acción irregular o indebida, sino para hacer ver a aquella mujer el significado del milagro recibido. Aquella mujer debía ser plenamente consciente que había sido curada no por haber tocado el manto de Jesús, sino por su fe, es decir: el hecho no debe ser entendido como un acto de magia (aplicando el principio del contacto del cual hablaba Frazer en sus explicaciones sobre la magia), sino como un acto religioso mediado por la fe; por eso, Jesús dice a la mujer atemorizada: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y con salud” (Mc 5, 34). Aquella mujer no solo es curada de una enfermedad de carácter físico, sino que ha sido sanada espiritualmente. Lo más importante es el segundo aspecto, pues curaciones ‘milagrosas’ han hecho muchos personajes en el pasado y en el presente, y no eran necesariamente personas virtuosas o santas los que obraban esos “milagros”; pero, la salvación, la liberación del pecado, es una obra exclusiva de Dios.

Hoy, como en todos los tiempos, hay tanta gente que busca la curación de sus dolencias y enfermedades. En casos extremos, desahuciados por la ciencia médica, se aferran a la esperanza de un milagro que solo viene de Dios. Muchas personas experimentan que su curación es obra de un milagro. Ciertamente, los milagros son siempre una ‘lectura religiosa’ de ciertos hechos que no tienen una explicación racional, científica; esa lectura religiosa presupone necesariamente la fe. Sin fe nunca podremos reconocer un hecho como milagroso. No son los ‘milagros’ los que suscitan la fe en los incrédulos, es más bien la fe la que nos permite descubrir milagros en nuestra vida. Jesús no realiza signos milagrosos para llamar la atención de la gente, ni para hacerse famoso. Sus signos dan testimonio de que Él es el Mesías enviado de Dios. Quizá es preferible tener una fe sencilla y profunda como aquella de la hemorroísa del Evangelio, en vez de una “fe ilustrada” que no nos permita acoger el misterio y experimentar la presencia de Dios con nosotros.

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