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Presumir de Nuestras Debilidades

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Alguien puede presumir de sus debilidades? La pregunta tiene sentido, pues, normalmente, de lo que la gente presume es de sus fortalezas y de sus logros. Consideran que las debilidades personales no deben ser de conocimiento público, sino que hay que ocultarlas, o al menos disimularlas. Bastaría revisar algunas “hojas de vida” (o Curriculum Vitae) que presentan los candidatos a un puesto de trabajo o cargo (incluidos los laicos y religiosos que aspiran a un cargo en la Iglesia). Seguro que en esas hojas de vida encontraremos títulos y grados, experiencia en cargos anteriores, fortalezas, logros obtenidos, cartas de recomendación, etc., En todos esos casos las debilidades se ocultan, o se maquillan; y si algo se pone es, generalmente, para presumir de modestia o humildad. Menos podríamos esperar de un candidato que presuma de sus debilidades. Sin embargo, Pablo (Cf., 2Cor 12, 1-10) es un preclaro ejemplo de alguien que se atreve a presumir de sus debilidades. La humildad, por otra parte, no tiene nada que ver con un falseamiento de la realidad. Como bien decía santa Teresa de Jesús: “La humildad es andar en la verdad”.

Dice el apóstol Pablo: “Con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo de mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2Cor 12, 9b-10). ¿Es posible gloriarse de nuestras propias debilidades? ¿Acaso Pablo tenía una visión muy pesimista de la condición humana pecadora? Hay corrientes del ámbito protestante que acentúan de tal modo las consecuencias negativas del pecado original diciendo que la naturaleza humana y la libertad quedaron radicalmente dañadas, al punto que el hombre no puede hacer nada bueno sino pecar. En el ámbito cristiano católico las discusiones sobre las relaciones entre naturaleza y gracia, libertad humana y gracia, son de larga data. San Agustín combatió denodadamente contra las corrientes pelagianas y semipelagianas que podían en cuestión la importancia de la gracia. La doctrina católica nos enseña que si bien es cierto el pecado original afectó a la naturaleza humana, ésta no quedó totalmente dañada.

No podemos pensar, por otra parte, que Pablo tuviera una baja autoestima, en el sentido que lo llevase a minusvalorarse; por el contrario, sin caer en el otro extremo de la vanagloria, el Apóstol es consciente de tener algunos “méritos” que, en un “arranque de locura” (como dice el propio apóstol) saca a relucir: “No me juzgo en nada inferior a los ‘super apóstoles’; pues, aunque carezco de elocuencia, no carezco de ciencia, como en todo y en presencia de todos lo hemos demostrado” (2Cor 11, 6). Enfrentándose Pablo a los que llama irónicamente “super-apóstoles”, se permite (aunque lo toma como un acceso de locura) mencionar aquellas cosas de las cuales otros se gloriarían. Comienza el Apóstol mencionando esos supuestos motivos para vanagloriarse: Ser israelita, descendiente de Abraham, ministro de Cristo, etc., (Cf., 2Cor 11, 22ss). En ese punto (ser ministro de Cristo), Pablo dice que lo es más que todos ellos, sustentando lo que afirma con su “Hoja de vida”. He aquí el listado que el propio Pablo nos hace (Cf., 2Cor 11, 23-28): Más en trabajos, más cárceles sufridas, muchísimos más azotes recibidos, tres veces azotado con varas, una vez apedreado, tres naufragios, un día y una noche pasado en el abismo, viajes frecuentes, peligros en los ríos, peligro de salteadores, peligro con los propios hermanos de raza (judíos), peligros con los paganos, peligros en la ciudad, peligros en despoblados, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas, muchas noches sin dormir, hambre y sed; muchas días sin comer; frío y desnudez. Aparte de eso – señala el Apóstol- hay que sumarle la responsabilidad y preocupación por todas las iglesias. Desde luego, Pablo no pretende decir que esos son sus méritos por los cuales Dios tiene que darle obligadamente la recompensa. Descartamos con esto que Pablo tuviera una baja autoestima, o lo que los psicólogos llaman un pobre “auto concepto”.

Pablo busca hacer caer en la cuenta, a los que se vanaglorian considerándose “super apóstoles”, que no tienen nada de qué sentirse orgullosos, pues todo lo bueno que podemos hacer es siempre por la gracia de Dios. Jesús mismo nos dice en el Evangelio “sin mí nada pueden hacer” (Jn 15, 5). Solo estando unidos a Jesús (como los sarmientos a la vid), podemos producir frutos. Las llamadas “buenas obras” que podamos hacer son “obras de Dios”. No es que en las acciones buenas el hombre contribuye con una parte (sin la ayuda de Dios) y Dios con la otra parte. Todo es obra de Dios. De hecho, los santos eran conscientes que las obras buenas que se les atribuían eran “obras de Dios”. De ahí que, en sentido estricto, nadie puede decir que son sus “propias obras” (como si Dios no tuviera nada que ver en ellas); y que, en consecuencia, sean mérito nuestro que obligue a Dios a recompensarnos con la vida eterna. Pensar de ese modo sería pelagianismo o semipelagianismo. El papa Francisco se ha pronunciado en más de una ocasión sobre el riesgo actual de ciertas “actitudes semipelagianas”, que incluso podrían darse (consciente o inconscientemente) dentro del ámbito eclesial. El semipelagianismo es una forma sutil o mitigada de negación del influjo de la gracia, exaltando las potencialidades del hombre y su libertad. No es que nieguen la intervención de la gracia de Dios para realizar obras buenas (eso sería pelagianismo puro), sino que piensan que el hombre pone por sí mismo (sin la gracia) su parte y Dios contribuye (con la gracia), para producir obras buenas. La doctrina correcta es afirmar que todas las obras buenas que alguien puede realizar son siempre movidas por la acción del Espíritu Santo, es decir: sin la gracia de Dios nadie podría hacer ninguna obra buena.

¿En la debilidad del hombre se muestra la fuerza de la gracia? El apóstol Pablo experimentó en carne propia que no tenía motivos para la soberbia. Como fariseo practicante (antes de su conversión) se había esforzado sobre manera, escrupulosa y fielmente para cumplir con la ley de Moisés. Los fariseos pensaban que Dios tenía que darles, en justicia, la recompensa por sus buenas obras; de ahí el esfuerzo por hacerlas, considerándolo como mérito propio. Al convertirse, Pablo toma conciencia que somos salvados por la fe en Cristo, en virtud de la redención por Él obrada. “El hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley” (Rm 3, 28). El Apóstol experimenta también lo que él llama el “aguijón de la carne” del cual no puede librarse por sus solas fuerzas. Por otra parte, el Apóstol es plenamente consciente de contar con la gracia de Dios, lo cual le permite no sucumbir ante la debilidad de la condición humana. El hombre con la gracia lo puede todo: “Todo lo puedo en Aquél que me conforta” (Flp 4, 13). Pablo, pues, tiene una visión muy optimista de la condición humana del hombre movido por la gracia.

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