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El Deber de la Caridad y la Corrección Fraternal

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“A nadie deban nada más que el amor” (Rm 13, 8)

 

E

l filósofo E. Kant decía que todo lo que hacemos, para que tenga un sentido ético, debe hacerse por puro cumplimiento del deber, sin ninguna otra motivación, como por ejemplo la búsqueda de la felicidad. A diferencia de Kant nosotros afirmamos que hay muchas cosas que el hombre hace y que desbordan el ámbito del cumplimiento estricto del deber; sin embargo, no por ello esas acciones dejan de tener un sentido ético. Por otra parte, la experiencia ética no se identifica con la experiencia religiosa, ambas son de naturaleza distinta. Queda, sin embargo, abierta la cuestión ¿Es posible vivir plenamente una ética que sea totalmente ajena a la religión? ¿Es posible dar la vida por el otro sin esperanza en la vida eterna? El hombre no puede vivir sin una esperanza; pero, consideramos que una esperanza meramente intramundana no puede dar una respuesta adecuada y suficiente a las grandes aspiraciones humanas. De ahí que, el mismo Kant plantea la apertura de la ética a la religión.

El filósofo E. Levinas decía que todos somos responsables del “otro” sin esperar lo recíproco. El rostro del otro nos interpela exigiéndonos un compromiso. Para el cristiano ese “otro” (prójimo) encarna el rostro de Dios. Es Cristo quien nos interpela en el rostro del pobre y desvalido. De ahí que nuestra responsabilidad con el otro resulta incuestionable, impostergable.

En la Biblia, abundan pasajes en los cuales se nos habla de nuestra responsabilidad con el otro. El profeta Ezequiel (Cf., Ez 33, 7-9), por ejemplo, nos hace recordar la exigencia que tenemos de ayudar al hermano que sigue una senda errada a retomar el camino del Señor. No podemos desinteresarnos de la salvación del otro, pues el Señor nos pedirá cuenta de ello. Somos responsables del otro.

El apóstol Pablo nos habla de la centralidad del amor al prójimo. “A nadie deban nada, más que amor” (Rm 13, 8). Todas las deudas pueden ser saldadas excepto la deuda de amar. La caridad siempre se ‘debe’, todos tenemos esa deuda con los demás que nunca termina de ser pagada. El cristiano que ama solo cumple con su deber, no hace ningún acto de heroísmo que merezca elogios o reconocimientos. El otro tiene derecho a echarnos en cara esa deuda de amor que tenemos con él. Nosotros, en cambio, como diría Levinas, no podemos exigirle lo mismo. Lo que da sustento a nuestro compromiso con el otro no es el deber por el deber al modo kantiano, o la ley positiva, sino el amor, el cual es por naturaleza difusivo. Hay también la obligación de amarnos a nosotros mismos. Quien no es capaz de amarse a sí mismo tampoco es capaz de amar a los otros.

El amor sobrenatural a Dios no implica la anulación del amor a sí mismo. El amor a Dios nos perfecciona como personas. La gracia no puede anular la naturaleza del ser finito, sino que, por el contrario, la eleva. No debemos pues hacer ninguna contraposición entre el amor a sí mismo y el amor a Dios. En la medida en que el hombre se ama a sí mismo busca su propio bien, y el bien último del hombre es la comunión con Dios, su creador. Cuando el hombre no busca su propio bien al que está llamado, entonces, en realidad, no se ama a sí mismo, hay una distorsión del amor. De ahí que el amor a Dios no resulte “totalmente desinteresado”, solo que se trata de un legítimo interés (interés en el bien supremo, absolutamente absoluto), lo cual no contradice el hecho de que amemos a Dios en y por sí mismo, por encima de todo. Por otra parte, el amor no puede ser ajeno a algún tipo de complacencia (felicidad) del que ama.

Dice el apóstol Pablo que “El que ama cumple la ley entera” (Rm 13, 10); quien ama a su prójimo no puede nunca buscar hacerle el mal. Lo más importante es el amor, la práctica de la caridad fraterna. Jesús mismo nos ha dicho: “En esto conocerán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Jn 13, 35). El distintivo del cristiano es, pues, el amor, no cuánto sabemos o conocemos acerca de Cristo, ni con el número de nuestros sacrificios, ayunos y penitencias.

En el Evangelio (Cf., Mt 18, 15-17), Jesús nos enseña que en la comunidad cristiana toda corrección tiene que hacerse con espíritu fraterno, es decir, sin ánimo de humillar al otro sino de ayudarle a rectificar su mal camino. Por el bautismo formamos parte de la Iglesia que es una comunidad fraterna. Nadie se salva solo, nadie puede buscar su propia salvación sin preocuparse de la salvación de los otros, pues la Iglesia es comunión. La corrección fraterna tiene su fuente en el amor, en la necesidad de buscar siempre el bien del otro.

El apóstol Santiago nos dice: “Si alguno de ustedes se extravía de la verdad y otro lo hace volver, el que endereza a un pecador del mal camino salvará su alma de la muerte y conseguirá el perdón de sus muchos pecados” (St 5, 19-20). Si nosotros no hacemos ver al pecador (y nosotros somos los primeros) su mala conducta, entonces somos de algún modo responsables de su perdición, cometemos el pecado de omisión.

El Evangelio nos señala las formas cómo tiene que practicarse esa caridad fraterna. No se ayuda al hermano haciendo escarnio de él, murmurando a sus espaldas.  “Si tu hermano peca repréndelo a solas entre los dos” (Mt 18, 15), es decir, no vayas por ahí divulgando las faltas del otro, trata de ayudarlo, busca luego el apoyo de otros hermanos; solo después “díselo a la comunidad”. Algunos cristianos parece que invierten el procedimiento: primero se entera toda la comunidad y después el propio interesado. Dios nos pide cuentas del hermano, somos responsables del otro, “guardián de nuestro hermano”, no en el sentido de andarlo espiando para ver en qué falla para enrostrárselo.

Más que empeñarnos en convencer al otro de que se ha equivocado, es necesario hacerle sentir que, a pesar de todo, es amado y perdonado. Debemos seguir, en este punto, el ejemplo de Jesús: “Yo tampoco te condeno, anda y no peques más” (Jn 8, 11). Jesús no ha venido a condenar sino a salvar, lo cual no significa una condescendencia con el pecado sino para disponernos a la preeminencia del amor al pecador.

Nosotros no podemos convertirnos en jueces de los demás, lo cual no implica que no señalemos el error. Es el propio pecador quien debe darse cuenta de su falta. Cuando el pecador es capaz de sentir el amor misericordioso del Señor, es cuando más predispuesto está para reconocer su pecado. La corrección fraterna no es presentarnos ante el otro con aires de superioridad o santidad. El pecador debe sentir que quien le amonesta es también un pecador que comparte su misma fragilidad, la misma condición humana pecadora, pero que confía en la gracia y misericordia de Dios.

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